Ubicuidad

Era un miércoles por la tarde, lo recuerdo bien. Era uno de esos miércoles en los que hay prueba a eso de las seis, por lo que después de las clases de la mañana te queda todo el día para recalentar la materia. Y era una de esas tardes de primavera, en que hay flores en el aire como atardecer de animación japonesa y te mueres de ganas de salir con tu katana a cortar gente.

Pero no quería estudiar y no tenía mi katana a mano, de hecho ni siquiera un cortaplumas. Lo único que quería era que se me pasara el dolor de cabeza, que me perseguía desde la última clase. Podría haber comprado una aspirina made in la facultad de Química, es cierto, pero la idea del suicidio con fármacos no me atrae.

Así que me senté en el patio con un agua mineral, un paquete de galletas y un cuaderno que apenas miré. Una prueba más, una nota más, felicitaciones, ya casi estás afuera, take a cookie. Y después qué. Sí, la tarea de sistemas. Y después el ensayo.

Y finalmente tu premio, tu cartoncito con estampillas. Tu madre llora de la emoción, tu padre esparce la noticia hasta Finlandia. Y después qué. A trabajar de ocho a siete, llegar a dormir para descansar y al otro día trabajar bien. Y comprarte la casa en la que nunca estás, el auto último modelo para lucirlo en el taco, el televisor gigante de pantalla ultraplana para idiotizarte las horas en que no estás trabajando ni durmiendo.

Y no olvidemos la familia. La señora y los cabros chicos. Para aparentar que eres normal, para simular que eres feliz. La familia perfecta: profesional exitoso, amante esposa, encantadores hijos ¿qué más puedes pedir?

Y estoy aquí, con mi agua y mi paquete de galletas, el dolor de cabeza por no dormir por sacarme la cresta estudiando para algún día tener la oportunidad de sacarme la cresta trabajando.

Cuando chico tenía sueños. Soñaba con estudiar, con ir al extranjero, con ser un científico, un inventor. Y ahora me doy cuenta que eran eso. Sueños. Sueños que se perdieron en alguna parte del camino. Y ahora qué. La casa, el auto, el televisor. Sueños prestados, ajenos, producidos en serie, hay que optimizar el proceso.

La salida es fácil. Es tan fácil que es cobarde. Pero para que hacerse el valiente, ¿tiene algún sentido heroico esperar la muerte abandonado en un asilo acaso?

Es fácil, tan fácil. Un accidente más, sólo un número más en las estadísticas. La gente siempre es imprudente al cruzar la carretera, no usa la pasarela, a nadie le sorprendería. Puedo verlo claramente: estoy de pie en el bandejón central, a la izquierda la pasarela verde, al frente el paradero de micros.

Corre viento, como siempre, viento que arrastra la basura que bota la gente y que arranca las flores de los árboles y los viene a mezclar a mis pies, entre la maleza y las piedras. Hace frío, porque el sol ya no calienta, apenas ilumina a esta hora. Avanzo un paso, y el pasto seco y amarillento cruje cuando lo piso. Pasa un auto a toda velocidad, con la radio a todo volumen. Luego otro. Una escolar se adelanta a hacerle señas a una micro, la abuelita le pide que le lea el cartel al vendedor de dulces, un señor de traje espera para cruzar…

Es tan fácil, sólo un par de pasos, la micro viene muy rápido, no puede alcanzar a frenar…

Pero estoy en el patio de la universidad, con un dolor de cabeza que sólo conseguí empeorar. La pasarela, la micro, tan sólo un figmento de mi imaginación. O por lo menos es lo que me repito a mi mismo.

No lo supe hasta dos días después, cuando escuché por casualidad una conversación entre mi tía y mi mamá. Una micro se estrelló contra el paradero, tres muertos, no se cuantos heridos, ¿el chofer?, no, no sé que le pasó al chofer. Tampoco se sabe porque, exceso de velocidad, por esquivar a algún idiota que llegó y cruzó, quién sabe. Mi tía dijo que el charco de sangre todavía estaba ahí.