Bailarina

Desde dentro, la primera impresión es que está todo en silencio, pero si uno se fija bien puede percibir el molesto bisbiseo de las personas que murmuran en medio de la oscuridad. Procura no hacer caso de la multitud, y menos aún de los temblores en sus extremidades y por todo el cuerpo. Reza una y otra vez porque le de tiempo, porque pueda cumplir su sueño y terminar ese baile.

Siente un leve mareo y tiene esa sensación; la misma de cuando esta a punto de desvanecerse. Pero ella sigue rezando por que pueda bailar. Acaricia la finísima tela que la cubre, tan blanca e impoluta…

Todo el mundo calla cuando el foco central se enciende, iluminando parcialmente el escenario. En él, y justo en el dentro de esa mancha de luz hay una muchacha en el suelo. Recostada de forma majestuosa y elegante. El compás de una música clásica comienza a sonar, la chica vestida de blanco se levanta despacio dando vueltas sobre sí misma lentamente. Los espectadores guardan silencio, nada queda de los murmullos pues todos han quedado prendados de ese joven cisne que comienza a moverse.

Como si de una bailarina en una caja de música antigua se tratase, con soltura da vueltas y danza por todo el escenario en solitario. La luz, como su musa y única compañera, la sigue a todas partes.

Un giro, otro giro, salta en el aire y parece volar.

Los espectadores contienen la respiración. Están emocionados.

La música va menguando, ella se empequeñece y con pánico siente que esta a punto de desvanecerse. Comienza a caer cuando se apaga la luz.

Nadie se percata de que eso no estaba en la actuación, que esa caída por demás majestuosa no tiene nada que ver con esa pieza que estaba bailando. Sus compañeros no tardan en ir a ver como está.

La bailarina esta en el suelo, como una muñeca rota, las convulsiones se hacen más fuertes contra más tarda el médico. A los pocos minutos desaparecen. La muchacha abre los ojos y sonríe antes de dormirse. Los ataques de epilepsia siempre le han dado sueño.