Para muchos, la clase de Música era una hora para conversar, hacer tareas y toar tres notas en flauta para subir el promedio general.
Samantha y Melissa, sin embargo, no pensaban lo mismo.
Dotadas con voces que eran fácilmente superadas por el graznido de un ave agonizante, detestaban tener que cantar para aprobar. Por supuesto, era por eso por lo que el profesor siempre las hacía participar primero.

Era muy simple: Dos canciones elegidas por el o la alumna, un minudo para cada una, una nota sobre diez. Excepto que "a veces" (léase: siempre), la calificación era influenciada por el gusto musical del maestro.

Ese preciso año, otra vez trabajando juntas, Mel y Sam tuvieron la suerte de elegir una canción que el profesor apreciaba bastante. Y esa fue la primera vez que aprobaron el examen de canto en toda su escolaridad. También la última, pudieron comprobar los años siguientes.