Ese mismo día el profesor Backer informó a mis padres del castigo por teléfono.

Cuando llegué a casa, no sabía la sorpresa que me esperaba…

- Marie – dijo mi madre con gesto serio – siéntate. Tenemos que hablar – yo hice lo que me pidió extrañada.

- Verás hija – comenzó mi madre – Hemos recibido quejas de tu profesor de Lengua. Nos ha dicho que, aunque prestas atención en clase y muestras algo de interés por la materia, molestas e incluso hoy ha llegado a castigarte. ¿Tienes algún problema? Tus profesores nunca han tenido quejas tuyas, hija.

- No – respondí – es sólo que el señor Backer y yo no nos llevamos bien. Hemos empezado con mal pie, pero no volverá a pasar.

- Ya veo, Marie – siguió mi madre – Nosotros siempre hemos respetado tu intimidad y te hemos dado libertas, pero tu profesor nos ha contado que le respondes mal en clase y no respetas su autoridad en el aula.

- ¡Eso es mentira! – grité – Ese hombre os ha estado llenando la cabeza de tonterías. Lleva haciéndome la vida imposible desde que llegó. Me critica, me humilla y me castiga sin motivo. Siempre he respetado a los profesores. No veis que no soy capaz de hacer lo que el dice, joder… - ups… me pasé.

- ¡Marie! Ese no es comportamiento para alguien de tu edad.

- Pero papá…

- No me repliques. No quiero que vuelvas a emplear ese lenguaje ¡Estas castigada! Esto está llegando muy lejos ¡De momento te quedas sin salir! Sube a tu habitación.

- Si hombre – espeté – como si estuviera todavía en la guardería – los miré, pero iban muy enserio – No pienso cumplir ningún castigo.

- Mientras estés en mi casa harás lo que yo te diga – enfurecida tomé mis cosas y subí a mi cuarto dando un gran portazo.

Y todo por culpa de ese… hombre. ¿Por qué tuvo que venir y poner mi mundo patas arriba?

Ni siquiera atendí a Rob cuando tocó mi puerta. Serían las 21:00 cuando, sin cenar y tampoco sin comer, me puse el pijama y me acosté.

-.-

Me levanté mareada. La cabeza me daba vueltas y el cuerpo me pesaba. Aun así me arregle y me fui al colegio. Pasé de desayunar, tan sólo por no ver a mis padres. Caminaba lentamente y mi mochila pesaba más de la cuenta. Daba igual. Tenía que llegar a tiempo ya que a primera hora tenía con mi "profesor favorito". Oí como tocaba el timbre antes de llegar al instituto casi sin fuerzas. Tenía la impresión de que me iba a caer en cualquier momento, por que mis piernas casi no soportaban mi peso.

No sé como eché a correr, pero para cuando llegué a clase él ya estaba allí.

- Hale – dijo sin mirarme – Tienes retraso.

- Dígame – le contesté parada y apoyada, disimuladamente, en el marco de la puerta para no caerme pero empezaba a ver borroso. Maldita carrera, maldito Backer… - ¿va a notificárselo también a mis padres? – estaba a punto de montar un numerito en clase, pero me daba igual. Me llevé la mano a la cabeza, sosteniéndola. Uf… Vaya vértigo…

- ¿Se encuentra bien? – creo que me preguntó mi amigo el profesor – Le he hecho una pregunta.

Me iba a retirar orgullosamente a mi sitio cuando, al soltarme del apoyo de la puerta, tropecé hacia delante. Ya esperaba el frío y duro suelo en mis narices. Sólo sentí unos brazos deteniéndome. Luego todo fue oscuridad…

Desperté en la enfermería, según me dijeron, un par de horas después. Estaba tumbada en la cama con algo fresquito en la frente. Todavía no abría los ojos. Se estaba tan a gustito así… Escuchaba unas voces, simples murmullos, pero no me sabía de donde estaba. Me removí entre las sábanas, abrí los ojos y pude ver a mi profesor de Lengua con una enfermera. Al moverme descubrí que de mi cabeza cayó aquella cosa fresca y húmeda que era sólo una toalla mojada.

En cuanto vieron que reaccionaba, se acercaron preocupados a verme.

-¿Cómo te encuentras? – me preguntaron ambos a la vez.

- Bien aunque algo mareada – observé el lugar, pocas veces había estado allí – y desorientada. ¿Qué hago aquí?

- Te desmayaste al entrar en clase ¿lo recuerdas? – me dijo Backer. No estaba segura pero asentí igualmente.

- ¿Has sufrido mareos recientemente? – cuestionó la enfermera, apuntando cosas en un folio.

- No.

- ¿Te has sentido fatigada o cansada?

- No.

- ¿Has estado enferma?

- No, sólo un simple resfriado.

- ¿Tienes novio? – preguntó mirándome suspicaz. Yo me ruboricé al captar su idea – Es muy normal que a vuestra edad se comentan irresponsabilidades, pero…

- ¡No estoy embarazada! – dije escuchando las risas de fondo de Backer.

- ¿Has… - por Dios. ¿Cuándo acaba? Es ese momento mis tripas rugieron de forma atronadora. Yo me ruboricé más, si es que eso era posible. Eso me recordaba que… - ¿Cuánto tiempo hace que no comes?

- Yo… - empecé a contar – Desde antesdeayer – contesté escondiendo parte de mi cara bajo las sábanas. La enfermera salió murmurando un "ahora vuelvo" que dándome a solas con el profesor.

- ¿Por qué no comes? – se moría por hacerme esa pregunta. Era evidente…

- Fue por su culpa – contesté recordando, peor mirando hacia otro lado a la vez – Ayer cuando llegué a casa, mis padres me estaban esperando. Me echaron una bronca del quince. Ellos nunca, en la vida me habían hablado así y mucho menos me habían castigado. No quería hablar con ellos y no bajé a cenar, pero… ¿Por qué le estoy contando esto? Déjeme ¿No tendría que estar en clase? Es su deber.

- Estaba preocupado – y yo atónita. No tuve nada con lo que responder a eso – No pretendía que te castigaran, además ahora no tengo que dar clase - ¿y por qué me contaba a mí esto? Bah… No me importa.

La enfermera interrumpió fuertemente con una mujer pelirroja que reconocí como la psicóloga del instituto, la señorita Stale. Que mal rollo…

- Marie, has tenido una bajada de tensión debida a la nula ingesta de comida - informó la doctora. Qué novedad… - Toma – me tendió una chocolatina – Ahora vas a hablar con la señorita Stale y luego irás a casa. Si hace falta, podemos llamar a tus padres – la miré más que extrañada, levantándome de la cama.

- Marie, ya sabemos la importancia que le dais las chicas al físico. Pero algunas medidas son demasiado drásticas y pueden convertirse en enfermedades…

- Pare, pare, ¡pare! – la corté gesticulando exageradamente con las manos. Tomé mi chaqueta y mi mochila. Tenía que salir pitando de allí, antes de que me pusieran la camisa de fuerza – Yo estoy muy a gusto conmigo misma y me importa muy poco lo que los demás digan de mí. También sé que soy lo suficientemente adulta como para no hacer esas chiquilladas. Si no comí, fue por que discutí con mis padres y no quería verles. Ahora si me permitís. – caminé hasta la puerta, pero la psicóloga me detuvo.

- El primer paso es aceptarlo. Y con esa reacción…

- ¡Por Dios! ¡Ni que fuera alcohólica! – grité exasperada. Ella si que necesitaba un manicomio urgentemente.

- Señoras – intervino el profesor Backer que hasta ahora había permanecido callado, disfrutando del espectáculo – No la presione. Yo creo que está perfectamente. No obstante, déjenme hablar a mí con ella – ambas aceptaron. Por fin le encontraba la utilidad… - Hale, ven conmigo – le seguí irremediablemente hasta el departamento de Lengua. Entré y le miré expectante ¿Qué pensaba hacer? Agarró unos papeles y los firmó.

- A veces las mujeres os preocupáis excesivamente y veis cosas donde no las hay. Toma. Un parte de salida. Vete a casa y come algo. Mejor si tiene azúcar. Te recuperarás antes. Y luego duerme. Si quieres llamo a tus padres para que no se preocupen. Además si no lo hago la psicóloga lo hará, les contará su versión y les dirá que te vigilen.

- ¿Algo más doctor? – pregunté cogiendo el parte.

- Mm… Estudia de la página 120 a la 140 del libro para el jueves. Quizá haya examen – rió sarcásticamente, pero a la vez con sinceridad… ¿Cómo puede ser eso? – O puede que no – le miré suspicaz.

- Gracias por todo.

- A lo tonto ha perdido clase – comentó

- Ya las recuperaré.

- Más le vale – en ese momento tocó el timbre del recreo – Venga… ¡váyase!

Salí de allí riendo a carcajada limpia.

Llegué a casa muerta de hambre y vi qué había en la nevera. No me esmeré mucho y comí lo primero que pillé. Cuando mi tripita estuvo felizmente llena, dormí de un tirón hasta que un zarandeo me despertó.

Era Rob. Una compañera me había traído los deberes. Los metí en mi mochila. Como eran las cuatro y media decidí ir a trabajar. Mis padres estaban en el salón, enterados de todo. No me dijeron gran cosa, sólo me pidieron perdón. Antes de salir de casa tomé una manzana bien verde y me la fui comiendo por el camino.

- ¡Hola Matt! – saludé abriendo la puerta de la librería.

- ¡Hola niña! – mi jefe apareció cargada de cajas que depositó en el mostrador – Tu madre acaba de llamar. Si te sientes mal puede encargarme yo solo de la tienda.

- Matt, tranquilo, estoy bien. Si me encuentro peor te lo diré – me fijé en las cajas emocionada - ¿Ha llegado cargamento nuevo? – me encantaba desempacar y tirarme las tardes muertas colocando los libros en su sitio.

- Sí, pero a ti te toca mostrador – me quejé – Si tu madre se entera de que se te ha ido la cabeza y te has roto una pierna por caerte desde la escalera… No quiero ni imaginármelo – qué trágico ¿no? – Además tengo una sorpresa para ti – dejó las cosas en el suelo. Me tendió una cajita mientras me sentaba en la silla que había detrás del mostrador. Era un conjunto de llaves. Le miré interrogante - ¿Ahora quieres que vivamos juntos?

- Sólo de ti me podrías esperar esa respuesta… Son las llaves de la tienda. Mira que es una responsabilidad muy grande – le estrujé en un abrazo de oso.

- No te fallaré – tras este tierno momento nos pusimos a trabajar. Cada vez que alguien entraba dejaba a un lado mis deberes para atenderle con una sonrisa Después de dos horas había terminado los de Historia y Arte. Quedé horrorizada cuando vi los de Música, mi optativa: había que escribir una canción… ¡y cantarla en clase!

Volví a sentirme un poco mareada. No tenía comida y si se lo decía a Matt me mandaría de cabeza a casa. Me tanteé los bolsillos, pero nada. Probé suerte con la mochila y allí estaba la chocolatina que me había dado la loca de la enfermera. Serviría… La abrí y empecé a componer.

Tampoco me estaba quedando tan mal, al parecer. Me preguntaba cómo sonaría. Ningún cliente daba señales de vida, así que con una melodía inventada comencé a cantarla.

"No quiero creer que te has ido.

Todo lo que pudo haber sido,

Ya nunca será…

Dejaremos el pasado atrás.

Tu recuerdo nunca volverá,

Dejaré de insistir una vez más…

Cada uno por su camino,

Corremos en contra del destino…" – me detuve al escuchar aplausos. ¿Cuando se había abierto la puerta? Mi sorpresa fue mayor cuando vi al mismísimo Jonathan Backer entrar a la tienda.

- No se corte – me dijo a modo de saludo – Siga cantando.

- Ya no tengo más letra – le contesté pegándole otro muerdo a la chocolatina. Estaba buena…

- ¿Ensayando para algún casting?

- No, haciendo deberes para recuperar clases – agité las hojas para recogerlas, pero la de la bendita canción salió volando aterrizando a sus pies.

- Canta bien.

- Gracias – recogí el folio que me tendía.

- Por cierto, te veo mucho mejor. Menos mal que me hiciste caso – comentó con un tono de suficiencia que comenzó a irritarme. Y hoy no estaba para bromas.

- ¿Quiere algo? – a ver si se iba ya…

- ¿Trabaja aquí?

- No – contesté sarcástica – sólo estoy de exposición en el mostrador. ¡Aproveche! Dentro de unas horas me iré a mi casa… Si trabajo aquí y si no le importa podría darse prisa. No estoy como para perder el tiempo con usted.

- Quería un ejemplar de Mitología y Leyendas.

- Espere, lo consultaré – lo busqué en el ordenador y vi que era uno de los libros que Matt estaba colocando - ¡Matt!

- ¿Algún problema? – preguntó mi profesor.

- Ninguno – se me había pasado por la cabeza decirle que Matt los estaba ordenando, pero no tenía por que darle explicaciones.

- Dime, Marie – dijo Matt apareciendo cargado de libros.

- El señor Backer necesita Mitología y Leyendas ¿Ya lo has sacado? – él miró sus manos y me entregó un libro muy grueso – Vaya. Si que le gusta leer… El libro no es precisamente una finura.

- Sí, en vez de Romeo y Julieta he pensado que os le podríais leer – comentó mientras le cobraba. Yo empalidecí – Era broma, Hale.

- Ups… No hay cambio ¡Matt!

- ¿Ahora qué?

- No hay cambio – él llegó enseguida, pero se quedo contemplando la cara de mi profesor – Tierra llamando a Matt… Llamada denegada.

- ¿Jonathan? – preguntó con su cara iluminada. Mi profesor le miró también intentando adivinar algo. Esto me olía muy mal. - ¿Jonhy? – y eso peor…

- ¡Matt eres tú! – eso ya... Ni qué decir tiene - ¡Cuánto tiempo! ¿Qué ha sido de tu vida? – que "tierno" reencuentro… ¿Reencuentro?

- ¡Parad! ¿Os conocéis? – asintieron – Ahora si me voy a desmayar.

- Somos amigos – explicó mi jefe – Empezamos a estudiar junto la carrera, pero yo la dejé y él siguió – después de la escueta explicación, ambos siguieron hablando sobre idioteces del pasado que no escuché – Marie a que no te importa encargarte de la tienda hasta la hora de cerrar, ¿a que no? Es que nos vamos a tomar algo…

- ¡Traidor! ¡Te has pasado al lado oscuro! – protesté – Ese – señalé a mi profesor – no se merece ni…

- Y vosotros ¿de qué is conocéis?

- Es mi profesor – espeté cabreada…

- Es mi alumna – ¿será casualidad?

-.-

- Sacad una hoja – exclamó Backer en un tono que no admitía réplica el jueves al llegar a clase. Sonreí… – Y pongan los trabajos de recuperación sobre la mesa - dictó cinco preguntas comprendidas entre las páginas que me señaló y comenzamos a hacerlo. Una vez hube terminado, se lo entregué y me volví a sentar. Él tenía la costumbre de irse paseando por las mesas. Volvió a aparecer de improvisto en la mía. Yo había sacado un libro y leía tranquilamente.

- ¿Mitología y Leyendas? - susurró, como hacía siempre.

- Me entró curiosidad – musité – Matt me lo ha prestado.

- Ya me contará – y se fue dejando sobre la mesa mi trabajo de recuperación con un 10 garabateado y una nota en un pósit: "¿Ves como no es tan difícil mantener el pico cerrado?"

Lo despegué y lo tiré a la basura ante su atenta mirada.

Al finalizar la clase me dijo:

- Hale a quitar grapas el lunes en el recreo por levantarse sin mi permiso – lo que usted diga mi capitán.

El viernes llegó y yo estaba contenta porque no tenía clase con mi "profesor favorito", como le había denominado.

El día pasó volando pero cuando estábamos a última hora pensé que no me podía ir peor.

Jonathan Backer sería a partir de ahora nuestro tutor, porque según el director, deberían ser personas con las que tuviéramos una asignatura común, al menos tres horas a la semana.

Adiós a la alegría del viernes…

- He corregido vuestros exámenes sorpresa. Como tarea para el fin de semana vais a tener que repetir los ejercicios que tengáis mal o los que yo os haya anotado. Hale, repártelos – me ordenó. Yo los cogí bruscamente de sus manos – Y alegra esa cara, que es viernes – rechiné los dientes intentando controlarme. Mi examen estaba el último, y seguramente, aposta. Me senté en mi sitio y revisé el examen. Ni siquiera vi la calificación, tan sólo otro pósit: "REPITA TODOS LOS EJERCICIOS"

Estaba furiosa pero no quería discutir por lo que saqué otra vez Mitología y Leyendas y ocupé mi tiempo.

Esa tarde había quedado con Sarah para ir de compras y estaba pensando qué más podíamos hacer.

Como faltaba ya poco para la hora de la salida, nos dejó marchar. Yo me entretuve recogiendo mis cosas y me quedé a solas con el profesor Backer.

- No se olvide del castigo – me dijo mientras abría la puerta y me dejaba pasar.

- Como hacerlo si está usted recordándomelo todo el tiempo.

- ¿Cómo conseguiste el trabajo?

- Pasaba por allí, vi el cartel y Matt me dijo que no podía dejar pasar esta oportunidad.

- Te encandiló con su palabrería barata.

- Creo que estaba desesperado…

- Sin ofender – repliqué mientras bajábamos las escaleras.

- No es muy común que una niña de tu edad trabaje.

- Esta niña – dije enfatizando la palabra – va a cumplir los dieciocho años dentro de unos meses y si lo hago es por que mis padres dan mucho dinero a mi hermano mayor que está en la universidad. Así puedo hacerme yo cargo de mis gastos y… ¿por qué le estoy contando esto? – ya casi estábamos en la puerta cuando vi una figura muy conocida. Él me sonrió como siempre y yo me tiré a sus brazos dejando a mi profesor pasmado.