Noche.

Me acosté en la cama, debía dormir.

El problema es que no podía. La preocupación, la ansiedad no me dejaban. Mis ojos permanecieron abiertos por gran rato mientras el tiempo seguía pasando, si no me apresuraba a dormirme seguramente amanecería. Mi cabeza no dejaba de darle vueltas a lo que podía pasar, tenía miedo, estaba terriblemente asustada. Mi voz interior no dejaba de repetir "todo estará bien", pero yo no podía dejar de preocuparme.

Debía dejar de pensar en cosas negativas.

Encendí la radio de mi cabeza para distraerme, dejé que la música grabada en mi memoria sonara sin yo escogerla.

Rancheras. ¿Rancheras? Rancheras.

Hablando de mujeres y traiciones, se fueron acabando las botellas...

Mi mente no podía recordar por completo la letra de esas canciones —debido a que éstas no eran mis favoritas—, así que se saltaba algunas partes y simplemente sonaba lo que estaba allí dentro, grabado, reproduciéndose.

Mujeres, o mujeres tan divinas; no queda otro camino que adorarlas...

¿En serio mi mente había escogido rancheras? Casi podía oír al grupo de mariachis tocando dentro de mi cabeza.

La canción siguió repitiéndose por mucho rato hasta que, al parecer, mi cabeza se aburrió de esta. Poco a poco fue introduciéndose sin permiso otra canción. Esta vez, una que me gustaba más.

No me arrepiento si te digo que te quiero y la canción me queda fácil traducida al re mayor, no me arrepiento porque sé que no aparento y las palabras con el viento llegan donde yo no voy.

Sí, sin duda prefería esta canción.

La escuché tranquilamente hasta que el tono se fue apagando lentamente.

"Es hora de dormir", pensé.

Acomodé mi cabeza sobre la almohada, dejándola en una posición que me fuese cómoda. Cerré mis ojos y sentí como todo se hacía más... ¿apacible?

No.

Esta noche, él, el hombre-espíritu, no me dejaría dormir. Podía sentirlo, y estaba segura de que él podía sentir lo débil que yo estaba; débil por la preocupación, por no saber qué esperar. Ya había orado, como me lo sugirió mi madre, pedí a Dios, y pedí especialmente a San Judas Tadeo. Pero ni siquiera eso era suficiente para hacerme sentir tranquila.

"No podrá contigo", pensé.

El espíritu no era fuerte, no me parecía una real amenaza, pero en las condiciones en que me encontraba... me sentía asustada de él, cosa que no pasaba casi nunca.

"Ignóralo", sugirió la voz en mi cabeza. Sí, eso haré.

Me concentré de nuevo en dormir. En estar tranquila a pesar de todo. Eché un vistazo al reloj, más por costumbre que por ver realmente la hora. 2:30 am. Saqué cuentas mentales rápidamente y el cálculo dio como resultado las 10:00 am.

"¿Estará ahora...?", quise saber.

"Estará bien", me recordó la voz en mi cabeza.

Bien, entonces a dormir. Perdí noción del tiempo y del espacio. No recuerdo nada hasta que...

El hombre-espíritu quería molestarme esta noche, quería aprovecharse de mi debilidad. Quería meterse en mi cabeza, controlarla, hacerme tener pesadillas de las cuales no podía despertar. No poder despertar aunque lo quisiera, porque realmente lo querría, pero aunque mi cerebro le dijese a mis músculos que se moviesen, éstos no lo harían. No podía dejar que ganara la partida, ni siquiera porque estaba débil.

"¡Dios!", gritaba mentalmente, pidiendo ayuda. Quería gritarlo realmente, pero no podía mover ningún músculo, ni siquiera mi boca. Debía tener fuerza de voluntad para salir de esta, no quería tener pesadillas, no hoy. Él ejerció más presión en mí, en mi cuerpo, inmovilizándome aún más —si esto era posible—, pero no, no dejaría que ganara la partida. Dios entró en mi ayuda y el espíritu me liberó.

Mis ojos se abrieron de golpe. Miré alrededor, su presencia se había ido, en la habitación sólo estábamos yo, mi ángel de la guarda —flotando por encima de mí, no estaba descansando— y mi hermana —acostada en la colchoneta en el suelo.

Suspiré. Debía intentar dormir de nuevo, sabía que a él no le gustaba que no durmiera bien. Debía descansar. Miré la hora de nuevo, 2:40 am. No había pasado mucho tiempo, aún podía intentar dormir.

Y eso hice, me dí vuelta sobre mí misma en la cama, me arropé bien y, ya cómoda, intente dormir.

Aún sentía miedo. Pero no tenía qué temer, él ya se había ido, podía sentir que su presencia ya no estaba allí. Ignoré mis temores e intenté dormir. Pero ahora tenía miedo de dormirme, de que él volviera cuando yo estuviese entrando en el mundo de los sueños.

"Dios estará contigo", me informó la voz en mi cabeza.

Esa voz era realmente consoladora. Me daba esa poca cordura y tranquilidad que yo necesitaba, aunque fuese poca.

A dormir. De nuevo.

Pero algo me inquietó. Había un ruido en el cuarto. ¿Algún animal rastrero? ¿Una cucaracha? ¿Un ratón, quizás? Podría ignorarlo pero mi hermana dormía en el suelo —sobre la colchoneta—y ella los detestaba.

Tomé mi teléfono celular e intenté hacer algo de luz con éste. Aún así no podía ver mucho. Había una sombra, debajo del escaparate, una extraña sombra en forma de ratón... no, parecía un gato pequeño, muy pequeño, con orejas puntiagudas, ese tipo de gatos flacos y sin mucho pelo que no me gustaban. Pero no podía ver sus ojos, no brillaban como se suponía que debían de hacerlo, era sólo una sombra. Y mi teléfono no estaba ayudando en absoluto.

La lámpara, debía encenderla. Tomé el cable, estaba desenchufada; la enchufé y esta encendió enseguida. Alumbré bajo el escaparate, pero no había nada. Nada, literalmente. No había nada hubiese podido simular la silueta oscura que yo había visto.

Definitivamente hoy estaba más perceptiva... y más débil.

No, hoy no me dejarían dormir. Coloqué la lámpara de nuevo en su lugar, me senté en la cama, aún semi-arropada, apoyé mi cabeza sobre mis rodillas y sentí unas inmensas ganas de llorar. Pero no, no lloraría. Era algo estúpido llorar, sobre todo porque no quería llorar por el miedo de las cosas paranormales, no. Tampoco quería llorar porque no pude pasar la noche como quería, además sin hacer que luego él se preocupara por mí y por mis horas de sueños. Pero no, no quería llorar por nada de esto. Y no lloraría.

Empecé a llorar. A llorar por la preocupación que había dentro de mí. ¿Estaría bien? ¿No podía ser algo tan grave, o sí?

Lloré por él, por primera vez. Y ojala la última.

Hoy no podría dormir. Hoy no podría estar tranquila. Hoy no podría contener mi llanto dentro de mí. No, hoy no.

Revisé la hora, nuevamente. 3:00 am. Hora de levantarse, hora de ver televisión para distraerme, hora de esperar hasta el amanecer, porque hoy no podría dormir.