San Valentín.

El color rojo, los corazones, las parejas mimosas agarradas de la mano, los bombones, los peluches…

Las citas, las cenas románticas a la luz de las velas, los largos paseos por la orilla del mar…

Las fotos, los recuerdos, las emociones, los "te quiero", los besos, las caricias…

Debería ser como otro día cualquiera.

Un día en el que te levantas, madrugas, te arreglas, desayunes y te vas a cumplir con tus obligaciones y llegas de nuevo al hogar. Comes, quizás solo, quizás acompañado, en casa o en un restaurante. Y por la tarde sales con tus amigos, frecuentas bares, tiendas, haces la compra, vas al cine o simplemente te quedas en casa. Nada de esto debería ser motivo de celebración por parte de los enamorados, solo porque alguien haya dicho que el 14 de febrero es "su día", ya que si de verdad quieres a una persona se lo demostrarás cada día de tu vida sin necesidad de atenciones especiales que lo único que hacen es beneficiar a los grandes almacenes, hipermercados… El amor no debería ser una cosa superficial, usada para la publicidad y para aumentar las ventas. Así solo consiguen banalizar los sentimientos. Los peluches en forma de corazón con un "te quiero" grabado desprestigian el valor de las palabras, pues aquellas deberían ser pronunciadas por los labios de los correspondientes, no dejar que nadie se comunique por ellos.

Nunca me ha gustado San Valentín, ni si quiera cuando he tenido con quien celebrarlo…

Me levanté tarde, apagando el despertador de un manotazo, ya que sonaba 15 minutos tarde. Celebré con mis mejores insultos que ya no cogería el autobús.

Me vestí con lo primero que encontré desperdigado por el armario. Un vestido azul fruncido a la cintura y una chaqueta en un tono más oscuro. Me peiné la larga melena castaña dejando cada mechón a su aire, como hacia siempre y me eché mi colonia favorita, una fragancia muy femenina: flores frescas.

Salí a la calle y pude ver el espléndido sol que adornaba el cielo, inmaculado, sin una nube, ni vestigios de niebla, ni aire frío. Solo el sol, ese cálido astro, centelleante, y el cielo, azul, que eran testigos de la llegada de la primavera. Me encaminé hacia la universidad, revestida de un gran optimismo al ver el espléndido tiempo que hacía; pero con un dejo de tristeza al recordar que hoy era 14 de febrero. Ese fatídico día en el que todas las parejas estaban más melosas que nunca.

Afortunadamente, aquel día terminaría pronto mis clases y podría regresar a mi casa, a mi santuario anti-flechas de Cupido.

El profesor ya estaba en clase, cuando yo entré, tímidamente, y me dirigí hacia un sitio libre. Sin miramientos me senté al lado de un chico con el que recordaba haber cruzado algunas palabras.

Me encontraba completamente absorta en la lección y me volví, al sentir como alguien me pasaba un papelito por debajo de la mesa, de remitente desconocido.

- Genial – pensé con agudo sarcasmo – como los niños de primaria.

La desdoblé con cuidado y leí su contenido:

"¿Quién nos dice que el amor puede pertenecer a un día? Yo prefiero descubrir su significado cada hora que pase contigo"

¡Genial! Vaya momento para declararse. Guardé el dichoso papel en mi bolsillo para quemarlo en cuanto tuviera tiempo, aunque no me lo pude quitar de la cabeza.

Lo primero que pensé es que debían de haberse equivocado. No me consideraba especial de ninguna manera para que esa nota fuese escrita para mí; por lo que pregunté a quien me la dio si no se había confundido. Negó efusivamente. También le pregunté si sabía quién había sido, pero evitó contestarme.

- Es algo que tú tienes que averiguar – me dijo a la vez que se perdía en los pasillos de la universidad.

Mi segunda opción fue que alguien me estaba jugando una mala pasada, una broma "sanvalentinesca", porque yo sabía que nadie se tomaría esas atenciones en mí. Porque yo sabía que la única persona que quería que fuese se encontraba a cientos de kilómetros de distancia disfrutando el día con su nueva novia. Así que por consiguiente, debería ser una broma de mal gusto.

Di vueltas al asunto toda la mañana. Desistí a la idea de atender a las clases al ver que, por más empeño que ponía, las palabras escritas en aquel diminuto trozo de folio resonaban con fuerza en mi mente. El papel recto, cortado era una clara muestra de aquel refrán que mi madre solía recordarme con frecuencia: las cosas bien hechas, bien parece. Podría haber cortado el papel sin más, pero el no hacerlo significaba que quería causar buena impresión, y si quieres causar buena impresión es porque ese "algo" verdaderamente te importa.

La letra era clara, ni muy grande ni muy pequeña, con una ligera inclinación hacia arriba; síntoma de optimismo. Estaba escrita con bolígrafo verde. El verde significa esperanza. Quería tener esperanzas en que la empresa le saliera bien.

El mensaje era un poco redundante, ¿por qué si no creía en esta fecha se declaraba hoy? Es como pelear por la paz.

Solo cuando mi amiga, de pie a mi lado, me dio en el brazo volví a la realidad. Las clases se habían acabado y yo había pasado tres horas sumida en mis cavilaciones.

Sin saber porqué le conté a mi amiga todo lo que había pasado.

- Debes apreciar la valentía del muchacho. A lo mejor nada más que pretender romper tus esquemas – me dijo intentando consolarme – Además una única nota no demuestra nada, si de verdad se interesa por ti, volverá a escribirte otra.

Así era mi querida amiga: directa, clara, concisa, sin pelos en la lengua.

Me dirigí distraída hacia la salida, metiéndome las manos en los bolsillos de la chaqueta. Extrañada encontré otra nota. ¡No podía ser! ¿Cuándo la habían metido? ¿Quién¿ ¿Y por qué demonios no me había dado cuenta?

La desplegué, esta vez sin muchos miramientos, y leí. Más bien, vi. Había un dibujo de un reloj digital y marcaba la dos y veintiséis.

Susurré una maldición, viendo que tranquilamente, era las tres menos veinte.

Sin fijarme por donde iba, choqué aparatosamente con otra persona. Nunca en la vida gocé de gran equilibrio por lo qué caí al suelo, llevándome conmigo a aquella otra persona. Mis libros estaban desparramados por el suelo, los folios, también y yo me extrañé al no sentir el frió del suelo en la espalda; si no una mano grande, y cálida que me sostenía, un brazo fuerte que me abrazaba por la cintura y que había impedido mi caída.

Abrí los ojos, con lentitud, y vi a un chico, muy cerca, encima de mí. No podía verle muy bien pero si sentía el calor de su cuerpo. Su mano rodeándome a la vez que la apoyaba la otra para evitar recargar todo el peso sobre mí. Sus piernas largas, rodeaban las mías. Su pecho subía y bajaba, a la vez que su respiración impactaba en mis mejillas. Mi corazón dio un vuelco, retumbó dentro, se levantó en vuelo…

Alzándome en sus brazos me ayudó a incorporarme hasta quedar de pie. Y pude verle bien. Era alto, podría medir tranquilamente 1,80 y pico metros, su cabeza quedaba por encima de la mía.

Su pelo era oscuro, como la tinta china. Lo llevaba ligeramente despeinado y algunos mechones caían de forma rebelde en su frente y enmarcaban su cara que parecía recién salida de la portada de alguna revista de moda adolescente. Sus cejas, tan oscuras como su pelo, enmarcaban unos ojos azules oscuros, brillantes, curiosos, expresivos…

-¿Te has hecho daño? –dijo con una voz masculina, grave, con unas sombrea de preocupación. Yo negué con la cabeza, no podía hablar. Estaba como hechizada. Él sonrió y aquella sonrisa… Un escalofrío la recorrió de arriba abajo. Se acercó a mí un poco más, tomándome la mano - ¿De verdad te encuentras bien? Mira que no me cuesta nada acercarte al hospital… ¿eh?

No podía decirle que en aquel momento me sentía extrañamente bien, demasiado bien. Miré su mano, enlazada con la mía… ¿Qué estaba pasando?

- Chloe, y sí estoy perfectamente, tranquilo – conseguí balbucear.

- ¿Chloe? Es un nombre muy exótico. Yo me llamo Dante – se presentó tirando ligeramente de las manos, hasta poder besar el dorso de la mía.

Con un poco de renuencia lo solté y nos dispusimos recoger nuestras cosas. Dante… ¡qué chico tan misterioso! Volví a mirarlo fijándome en cada detalle, en cada espacio… Pude apreciar en su camiseta un reloj digital con las dos y veintiséis, su mano tenía una mancha de bolígrafo verde y uno a de los folios que se le habían caído le faltaba un pedazo que coincidía con mis notas.

Debía ser una broma, una broma muy cruel…

Me volvió a sonreír pasándome un libro. Suspiré. No sabía qué decir, cómo actuar, y menos ahora que había descubierto quien era mi "admirador secreto".

- Cre-creo que esto también es tuyo… - le tendí las notas, deseando no equivocarme. Sonrió, de nuevo – No me gustan este tipo de bromas – dije con la mirada en el suelo y un sonrojo en las mejillas.

-No es ninguna broma. – respondió demasiado serio – Las cosas las digo como las siento. Sé que no me conoces, pero no pretendo nada malo.

- No, y-yo no he dicho eso... – mis palabras se perdieron en las suyas.

- Ya sabes lo que quiero. Ahora, tú puedes aceptar o no. Tú elijes.

- Yo – sonreí como él – ya sé lo que quiero…