Boca cosmopolita,

mi lengua de neón.

Criaturilla lisérgica,

de dedos encallecidos,

deshacedores de uniones de nylon blanco

en colchas de una estrella.

¿Por qué lloras,

susurro de aire?

¿Por qué gimes,

animalejo?

Ven. Ven.

Shhh.

Acúnate en mí.

Estoy aquí...

¿no me escuchas?

Nunca lo hiciste.

O nunca lo quisiste hacer.

[E c o . . .

hay alguien ahí.

Está caminando sobre el piso mojado.

Está rompiéndose la cara contra la pared,

pintándose la sonrisa con laca

y arcilla húmeda]

Tengo sueño, y no puedo dormir.

Duérmeme. Tú que puedes.

Tú que siempre pudiste, pero no quisiste.

Yo sí quise.

Yo sí te quise.

Soy la paloma envejecida

que se desgarró las cuerdas vocales

en tu ventana.

Intenté arrullarte

y violaste mi silencio

con tus ojos sesgados

de decepción.

Lancé piedras y oraciones,

mas nunca viniste a rescatarme...

Dime ahora, mi fiel cordero,

¿qué puedes hacer?

De aquella inocencia que amabas

sólo han quedado migajas para los mirlos,

pan duro y mohoso.

Era la niña de tus ojos,

y ellos eran de brea y hierro.

Sadismo coagulado,

dosis de manipulación exacta,

inyectadas al corazón...

al que me quedaba.

Sé que quieres mis pies descalzos

en el banquillo caído.

Quieres mi cuello entre nudos de algodón

y hematomas de asfixia.

Me quieres contigo,

en el ácido de tus fauces;

podrida en tus fosas,

risueña. Gentil.

«Siempre tan dulce...»

Me decías,

con las comisuras de los labios

sucias de pasado.

Tú, con el vientre en las manos,

buscando ahorcarme con ese cordón umbilical.

Y yo, etérea,

esperando escucharte aullar.

Mas

mi luna nunca fue llena para ti.

Nunca seré la Selene de tus versos,

aquella a la que acariciarías con la piel desnuda

y no con tus uñas astilladas.

Siempre estuvimos esperando

ese meteorito que acabara con todo.

El manto estrellado que pegase nuestros continentes

con saliva estelar, que nos hiciese colisionar.

Me quieres querer,

y me dices, entre trémulos lamentos,

que el tiempo te ha cambiado.

Que no cambie yo.

Hahaha...

No te preocupes.

No voy a hundirme sin ti,

mi adorable bicho.

Aún queda crepúsculo suficiente

para ponerte bajo la lupa.