CAPÍTULO 1

N.A.: Llevo un tiempo escribiendo esta historia, tengo ya varios capítulos escritos y me apetecía compartirla. Parece que tengo un don para empezar una historia antes de terminar las demás, pero por el momento tengo pensado continuar todas y cada una de ellas. Sé a dónde quiero llevar cada trama y algún día llegaré ahí, de verdad, palabrita de niña buena... Hasta entonces, espero que os guste. Feliz Año Nuevo, que empecéis con buen pie.

En el momento en que su vida cambió para siempre, Marcos no estaba haciendo nada especial. Había detenido su coche en un mirador pequeñito, de los pocos que había en la carretera de Navacerrada. Apoyado en la valla de madera que le protegía de caer por el precipicio, estaba observando las vistas. El paisaje nevado era precioso, aunque en realidad sus ojos no se estaban fijando en eso. Buscaba con la mirada algún rescoldo de su infancia, que se ocultaba entre aquellos pinos centenarios manchados por la nieve. ¿Cuántas veces se había escondido tras aquellos pinos, mientras su madre contaba en voz alta y su padre vigilaba desde lejos no fuera a esconderse demasiado bien? Y, después de que su padre les dejara, ¿cuántas veces había vuelto allí con su madre, simplemente para pasear o para esperar a que pasara el atasco que había en la carretera?

Marcos había bajado una vez más, por una senda poco marcada que permitía un descenso seguro, para encontrarse con su versión de cinco años, o con la de seis. La época de su vida en la que había sido más feliz, junto a aquellos pinos, bajo aquellas montañas. Había dejado que sus pies rememoraran el camino, mientras su mente iba recordando otras cosas. Sobre una roca creyó verse, veinte años atrás, feliz de haber logrado subir sin la ayuda de su padre. Junto a una hoquedad tuvo un espejismo, de aquella vez que se cayó y se raspó una rodilla. Sus padres discutieron mientras le curaban la herida, porque su madre consideraba que abandonar el mirador era demasiado peligroso para él. Después de aquella vez tardaron mucho en volver. Pero al final, volvieron. Y Marcos volvía también, persiguiendo el fantasma del pasado. Anhelando el fantasma de sus padres.

La imagen de su yo adolescente se le apareció sobre un árbol caído. ¿Era el mismo árbol que había intentado escalar? No podía estar seguro, todos se parecían demasiado. Ninguno tenía una marca especial, excepto aquél pino pequeño, aquél en el que grabó sus iniciales… Seguro que ahora era tan alto como los demás. Marcos estaba buscando ese árbol, cuando encontró mucho más que eso.

Al principio pensó que se trataba de otro recuerdo más, tan vívido en esa ocasión que casi parecía real. Pero enseguida se dio cuenta de que el niño que estaba viendo era otro bien diferente. Un niño vestido con harapos sucios y que iba prácticamente desnudo de cintura para arriba. Un niño que se estaba congelando. Se abrazaba a sí mismo con sus brazos delgados y se frotaba para darse calor. En los pies llevaba un triste refajo de hojas y musgo que se descomponía más a cada paso que daba. Marcos imaginó el dolor que debía sentir al hundir los pies descalzos en la nieve, pensando que la quemadura del hielo a veces puede ser peor que la del fuego. ¿Qué habría pasado con sus zapatos? ¿Es que ni siquiera tenía calcetines? Él llevaba tres capas de ropa y aun así el aire frío de la sierra en invierno le escocía en la cara.

El niño tenía el pelo largo y desaliñado, de un rubio sucio como la ceniza. Caminaba hacia Marcos desorientado y débil. No le vio hasta que ya le tuvo muy cerca, y entonces bajó los brazos y adoptó una postura defensiva. Puso una mueca extraña en el rostro. ¿Estaba gruñendo?

- ¿Qué haces aquí? ¿Qué ha pasado con tu ropa? ¿Y tus padres? – preguntó. No obtuvo ninguna respuesta. A decir verdad, el niño prestó más atención al vapor que salía de su boca que a sus palabras. – Vas a congelarte, chico. ¡Te vas a enfermar! ¿Te has perdido?

Extrañado por el silencio del niño, Marcos pensó que tal vez se encontraba demasiado mal como para hablar. A saber cuánto tiempo llevaba semidesnudo a la intemperie. Tal vez estuviera al borde de la hipotermia. Rápidamente, maldiciéndose por sus lentos reflejos, se quitó el abrigo y se acercó al chico para ponérselo por encima. Pero cuando dio un paso hacia él, el niño retrocedió.

- Ven, no te vayas. Tranquilo. Te llevaré con tus padres ¿de acuerdo? Tengo el coche ahí arriba, en el mirador. Iremos allí a que te calientes y luego podrás llamar desde mi móvil. En este punto de la carretera suele haber cobertura.

Marcos agradeció que el chico fuera de la edad suficiente como para saberse algún teléfono de su familia. De haberse tratado de un niño más pequeño no hubiera sabido qué hacer, excepto llamar a la policía. Volvió a ofrecerle el abrigo y esta vez el muchacho se quedó quieto, hasta que el brazo de Marcos se acercó demasiado. Entonces emitió el mismo sonido de antes y ya no había duda: era un gruñido. Por instinto, Marcos se quedó quieto, porque había sonado como un animal salvaje antes de atacar. El niño se agachó ligeramente, y echó el cuerpo hacia delante, marcando su territorio. Marcos empezó a comprender que tal vez los padres de ese chico no estaban ni remotamente cerca. Con movimientos rápidos, ignoró los sonidos de advertencia y le puso el abrigo sobre los hombros.

El niño se sobresaltó, con los ojos muy abiertos y el miedo a flor de piel, pero luego pareció comprender que esa prenda podía abrigarle y la sujetó con ambas manos.

- Mete los brazos en las mangas – le dijo – Te quedará grande, pero así casi es mejor, te cubrirá entero.

Marcos esperó a que lo hiciera, pero el niño no se movió. Tomó conciencia de que aquél chico no le entendía. O no comprendía su idioma, o sufría alguna clase de desorden psicológico que le impedía comunicarse.

«Tal vez es uno de esos niños autistas que no hablan» pensó. «Igual vino a pasar el día a las montañas con sus padres y se separó de ellos. Como aquél niño discapacitado que salió en las noticias este verano. Quizás incluso lleve unos días por aquí y por eso tiene ese aspecto desaseado».

Con movimientos lentos, Marcos intentó colocarle el abrigo como correspondía, pero no hubo manera.

- ¿Es que no entiendes que así te sigues helando? Tienes que meter las manos y abrochártelo. ¡Estáte quieto!

Marcos forcejeó con él cada vez más frustrado, preocupado porque al tocarle percibió hasta qué punto la vida del niño corría peligro. Debería de estar helado y en su lugar estaba muy, muy caliente: estaba ardiendo de fiebre. Que su cuerpo aún desprendiera calor quería decir que había estado bajo cubierto hacía relativamente poco. Tal vez salió de su refugio al darse cuenta de que estaba enfermo. Tal vez un instinto le dijo que tenía que buscar ayuda y por eso había terminado encontrándose con él. Pero no se dejaba ayudar.

Sabiendo que era más fuerte que él, Marcos cortó por lo sano y se propuso llevar al niño a su coche aunque fuera a rastras. Se preguntó si podría llevarle en volandas. Parecía demasiado pesado como para que fuera un desplazamiento cómodo, pero físicamente podía hacerlo. Cogió al niño en brazos, así envuelto como le tenía, y comenzó el ascenso hacia el mirador, mirando donde ponía los pies para no caerse.

El chico no dejaba de revolverse y de golpearle con los brazos, pero su enfermedad le pasaba factura y le tenía indefenso. Marcos trató vanamente de calmarlo con susurros y palabras tranquilizadoras, pero entonces sintió un dolor punzante en el hombro: el niño le había mordido.

- ¡Suéltame! – le dijo, porque no separaba los dientes de su carne. Marcos supo que de no llevar aquél jersey, seguramente le habría hecho sangre. Con un espasmo del brazo logró librarse de su mordida, pero tomó precauciones y agarró al niño suavemente por la melena, que le llegaba a la espalda – Lo siento por esto, pero solo trato de ayudarte. No tires ¿eh? No te quiero hacer daño.

No supo si el niño por fin le había entendido o es que acaso el gesto había sido poco sutil y le había hecho comprender. Marcos no estaba tirando fuerte, pero si el niño se revolvía sí se haría daño y parecía saberlo. Parecía conocer y temer el dolor.

Ya sin tener que luchar contra el pequeño, Marcos consiguió llegar hasta su coche. Metió al niño dentro, se metió él y puso la calefacción al máximo. Luego se echó hacia atrás en el asiento y suspiró. Giró la cabeza para mirar al niño, en el lugar del copiloto, y le notó tan asustado como su canario cuando intentaba sacarlo de la jaula. Le vio apoyar las manos en el cristal, como si no comprendiera qué era aquella extraña pared invisible a ambos lados de esa caja de metal en la que le había encerrado.

- No creo que vayas a darme ningún teléfono – murmuró Marcos, más para sí mismo que para el niño. - ¿Un nombre, tal vez? ¿Cómo te llamas? Yo soy Marcos.

El chico le miró al oírle hablar, pero no dio ninguna muestra de asimilar sus palabras. Se estaba debatiendo entre intentar salir o quedarse allí. Seguramente el calor era un aliciente para aguantar en aquél ambiente que consideraba hostil: era lo bastante listo como para entender que si seguía ahí fuera podía morir de frío.

Marcos volvió a suspirar y sacó su móvil, deseando que efectivamente en aquél tramo de la carretera hubiera señal. No siempre se podía llamar desde las montañas, en algunas partes la cobertura era pésima. Por suerte para él, tenía dos barritas, así que marcó el teléfono de emergencias.

- Sí, buenos días… He encontrado un niño en el puerto de Navacerrada, parece de unos diez años, está solo y apenas lleva ropa. No consigo que hable conmigo, pero creo que está muy enfermo... ¿Que a qué altura estoy? Pues… no lo sé con seguridad, la nieve tapa el marcador de kilómetros de la carretera, pero estoy dentro del coche, un Seat Azul con matrícula europea, 8855GBC. Estoy en un mirador. Si pasan por la carretera me verán, o también puedo acercarme yo… De acuerdo, muchas gracias. Aquí estaré.