CAPÍTULO 17

Gabi no se había separado del peluche desde que Rubén se lo había dado. Había caído rendido en las garras del sueño y se había dormido abrazado al suave tigre que, ciertamente, agradecería un buen lavado. El arcón había evitado que estuviera realmente sucio, pero a Marcos le preocupó que pudiera tener ácaros, así que intentó sacárselo para poder meterlo en la lavadora. Lo tenía muy bien agarrado, pero tras unos minutos de insistencia logró hacerse con él.

- Más te vale que esté listo para mañana – le dijo Rubén. – No quiero ni pensar el berrinche que podría armar si no lo encuentra.

- Le daré un lavado rápido y lo meteré en la secadora – respondió Marcos. – Pero Gabi no hace berrinches.

- Mírate: ni dos días de paternidad y ya eres toda una mamá gallina defendiendo a sus polluelos.

Rubén había esperado mucho tiempo para devolverle alguna de las pullas que Marcos le había soltado cuando nacieron sus hijos y pensaba cobrárselas todas juntas.

El niño se había dormido sin cenar y, aunque les preocupaba sus carencias vitamínicas, decidieron no despertarle. Rubén se ofreció a llevarle a la cama, sabiendo que tenía más fuerza que su hermano, pero Marcos lo rechazó y cogió con cuidado al pequeño, tratando de que no se despertara. Gabriel tenía el sueño profundo y no abrió los ojos en todo el trayecto. Soltó un largo suspiro cuando le depositó sobre la almohada y se giró hasta ponerse de lado. Marcos no pudo resistir la tentación de colocarle el pelo, que había quedado sobre su cara. Contempló aquel rostro angelical y le arropó lo mejor que pudo.

- Siento haberle dado tu cuarto – susurró. – No sabía dónde ponerle.

- No te preocupes.

- Puedes dormir en el de mamá y papá. O en el mío: lo más probable es que duerma con él. Ayer lo hice por accidente y creo que fue buena idea que no despertara solo. Aún le extraña todo esto.

- Lo dicho: mi sobrino va a ser un mimado – le chinchó, como cuando eran más pequeños.

- Creo que eso le corresponderá a otro – suspiró Marcos. – No quiero que se vaya…

- No pienses en eso ahora. Aún queda tiempo – le dijo Rubén. Sé guardó para sí mismo lo que estaba pensando y es que sabía que su hermano haría todo lo posible para que el niño se quedara con él.

Hablaron un poco más mientras el peluche se lavaba. Después se desearon buenas noches y se fueron a dormir. Marcos se puso el pijama y se subió a la cama intentando no provocar demasiados movimientos en el colchón para no despertar al pequeño. Su vida había dado un vuelco y todo le parecía una locura, pero al estar así, tumbado junto al niño, se sintió lleno de paz.

Gabi fue el primero en despertar al día siguiente. Sus ojos claros observaron la habitación en la que se encontraba, recordándola del día anterior. Observó también al hombre que dormía a su lado y, si Marcos hubiera estado despierto, habría muerto de ternura al ver cómo el pequeño recorría su rostro con la punta de los dedos, como si quisiera memorizar cada rasgo. El roce tuvo que hacerle cosquillas porque, aún inconsciente, sus labios se estiraron en una sonrisa.

De pronto Gabi se fijó en un pequeño insecto que revoloteaba por la habitación, con un molesto zumbido. Dio una palmada en el aire intentando atraparlo, pero el mosquito era más rápido. Gabi se levantó de la cama y persiguió al bicho por toda la casa. Lo perdió en un par de ocasiones, pero lo volvió a encontrar en el salón.

Rubén estaba durmiendo en el sofá. Se había puesto como excusa que quería ver la tele, pero en realidad lo que pasaba era que no estaba acostumbrado a dormir solo. Desde hacía años compartía la cama con su mujer y de vez en cuando con dos niños extracariñosos que le habían hecho dependiente de sentir un cuerpo a su lado a la hora de dormir. Tampoco ayudaba que aquella fuera la casa de sus difuntos padres. Marcos debió de pasarlo muy mal quedándose allí solo después de su muerte. Todo en aquel lugar recordaba a ellos.

Gabi siguió al mosquito con pasos sigilosos. Es difícil decir por qué la presencia de tan insignificante criatura le molestaba tanto. Tal vez porque recordaba las picaduras que había sufrido en alguna ocasión. O quizás porque, en medio de aquel lugar lleno de cosas desconocidas, el mosquito era un elemento que reconocía y con el que sabía qué hacer. Los animales ahuyentan a los insectos para que no les piquen a ellos ni a sus crías, y Gabi pensaba hacer lo mismo.

El mosquito se fue a posar sobre la frente de Rubén, y Gabriel no dudó un segundo en dar un fuerte manotazo, que resonó en toda la estancia.

- ¡Au! – exclamó Rubén. - ¿Pero qué…?

Se sentó bruscamente y buscó la causa de aquel inesperado dolor.

- ¡Tú! – dijo, al reparar en Gabriel. – Ven aquí, mocoso del diablo…

Se levantó mientras se frotaba la frente y se acercó al niño. Le agarró del brazo y se preguntó por qué le habría pegado. ¿Tal vez estaba enfadado con él? ¿Había esperado a que estuviera dormido e indefenso para golpearle?

Gabi comenzó a gruñir, asustado por un agarre del que no podía soltarse, ya que Rubén era bastante fuerte. Enseñó los dientes y le arañó el brazo, consiguiendo así que su brazo quedara libre.

- ¡Me has hecho sangre! – siseó Rubén.

El niño salió corriendo en busca de Marcos y se tiró sobre la cama en una clara aunque muda petición de protección.

- ¡MARCOS, CONTROLA A TU SALVAJE!

Con tanto alboroto, Marcos ya se había despertado, pero todavía no entendía demasiado bien lo que sucedía. Sus brazos rodearon a Gabi instintivamente y no le podía culpar por su expresión atemorizada ya que cuando su hermano entró en la habitación parecía capaz de comerse a alguien.

- ¡Me ha arañado! ¡Y me despertó con un golpe!

Gabi también pareció acusar a Rubén con sus ojitos titilantes e indefensos. Marcos soltó una carcajada.

- ¿Qué cuernos es tan gracioso?

- Parecéis dos críos peleando, eso es lo gracioso – respondió.

- Grrr. A ver si te hubiera hecho tanta gracia si es a ti al que le despiertan así.

- Deja de gruñir, le estás asustando – le reprochó. – No pasa nada, Gabi. El oso gigante no te hará daño.

- No le digas eso, a ver si se va a penar que soy un oso de verdad.

- No andaría muy desencaminado – rio Marcos. – Tienes los modales de uno.

- Qué graciosos os habéis levantado esta mañana – bufó Rubén. Ya más tranquilo y recuperado del susto, reparó en algo: - ¿Te has dado cuenta de que ha venido directamente a ti para que le ayudes? Me recordó a Pedro hace un par de años, cuando escuchaba un ruido fuerte y se asustaba y venía a por mí.

- Tanto hablar de tus hijos y aún no los veo. ¿Cuándo llegan?

- Imagino que sobre la hora de la comida…

- ¡Rayos! ¡No pensé en eso! – se horrorizó Marcos. - ¿Qué les voy a dar de comer?

- Tranquilo, hombre. Son tu cuñada y tus sobrinos, no los reyes. Ya sabes cómo ganártelos: macarrones con queso.

Marcos sonrió. Sí, Jaime y Pedro eran felices con eso.

- Primero preocúpate porque este monstruito desayune. Sí, hablo de ti. Aún no me olvido de lo que hiciste – dijo Rubén, pese a saber que el niño no comprendía sus palabras.

- No seas rencoroso – replicó Marcos. – Ya aprendí mi lección ayer: nada de leche. Gabi aceptó todo menos eso.

- Me importa un pimiento lo que Gabi "acepte". ¿Has visto su tamaño? Necesita el calcio.

- Vale, vale.

Marcos sirvió el desayuno mientras Gabriel se quedaba en la cama. Rubén fue a llevarle su peluche recién extraído de la secadora para que el niño no tuviera miedo a acercarse a él. Por un lado se arrepentía de haberle gritado y por otro consideraba que tendría que haberle dado también un par de azotes, por golpearle y arañarle.

Cuando el desayuno estuvo listo, Gabriel mostró cierto interés por la comida. Seguramente tenía hambre por haberse acostado sin cenar.

- Ah, ah. Primero a lavarse las manos – dijo Rubén.

Marcos se sintió culpable, porque no se había ocupado antes de que el niño hiciera eso. Tenía que empezar a estar pendiente de su higiene, aunque el pequeño rehuyera la mayoría de los objetos del cuarto de baño.

Gabi intentó alcanzar una fruta, pero Marcos se lo impidió.

- Ven, monito – le pidió, y le guio de la mano hasta el baño. El niño le siguió dócilmente.

Una vez en el aseo, Marcos abrió el grifo y Gabi reaccionó con su recelo habitual.

- No te asustes, no te hará nada, solo es agua.

Le mostró lo que quería que hiciera, extendiendo sus propias manos bajo el chorro. Gabriel le miró, pero no hizo ni el amago de imitarle, así que Marcos le cogió las manos y se las colocó bajo el grifo. El niño obviamente conocía el tacto del agua, así que no se sobresaltó y las dejó ahí.

Marcos tomó un poco de jabón, hizo espuma, y frotó las manos de Gabi como haría con las de un chico más pequeño.

- Muy bien, Gabi – le felicitó, por no poner trabas. Le hizo una caricia en el brazo, como refuerzo positivo por esa actitud tranquila.

Le aclaró las manos y se las secó con una toalla, pero cuando le tuvo frente a él entendió por qué había estado tan quietecito: notó una gran mancha húmeda en el pantalón de su pijama. Gabi se había hecho pis encima de nuevo. El sonido del agua al correr debía haber sido demasiado para él.

- Ni siquiera sabía que tuvieras ganas – suspiró Marcos. – Perdona, pequeño. Tendría que haber pensado que tenías que ir, después de toda la noche.

Le desnudó lentamente y puso la ropa en el cesto.

- ¡Rubén! ¡Tráeme ropa para Gabi! ¡Está en el primer cajón! – le pidió, sin separarse del niño. – A la ducha contigo, monito.

Abrió la mampara y el niño miró la zona con desconfianza, pero ya lo había probado el día anterior y parecía recordarlo, porque se metió. Marcos probó que la temperatura del agua fuera correcta y después enfocó la alcachofa hacia él.

- De todas formas te tenías que duchar. Pero necesitamos inventar una señal para cuando quieras ir al baño.

Rubén llamó a la puerta antes de entrar.

- ¿La de ese cajón es toda la ropa que tiene? – preguntó, mientras dejaba encima de la tapa del inodoro un pantalón, un calzoncillo y una camiseta. - ¿Le vas a duchar?

- Se ha hecho pis – explicó. – Y sí, de momento no tiene más ropa. La trabajadora social le compró algo y yo también, cuando estaba en el hospital, pero cuando le conocí estaba prácticamente desnudo. Ya te dije que casi se muere de frío.

- Pobre microbio. Os dejo intimidad.

Marcos asintió y se concentró en el pequeño. Observó cómo su espeso y enmarañado cabello rubio se aplanaba por efecto del agua. Igual que el primer día, le enjabonó con la esponja y se la dio para intentar enseñarle a hacerlo. Después le aclaró y le envolvió en una toalla.

La parte complicada vino cuando intentó vestirle. Gabi se resistió cuando trató de ponerle los calzoncillos y, cuando Marcos insistió, le mordió la mano.

Marcos frunció el ceño y tiró suavemente del pelo del niño.

- No – le dijo, firmemente.

Eso bastó para se estuviera quieto, pero no dejó que le metiera el pie por el agujero correcto. Marcos probó con otra táctica y se le llevó en brazos, envuelto en la toalla, a la habitación. Allí parecía sentirse más cómodo. Colocó al niño sobre la cama y volvió a intentar ponerle la ropa, pero esa vez se llevó una patada.

Tras dudarlo un poco, pero recordando la conclusión a la que había llegado el día anterior, levantó al niño con una sola mano y le dio una palmada sobre su trasero desnudo.

PLAS

- No – repitió.

Gabi se tapó enseguida y le miró con ojos desconcertados que cada vez iban brillando más, hasta que una solitaria lágrima se escurrió por su mejilla, estrujando el corazón de Marcos en el proceso.

- No se dan patadas – le dijo, tocando su pie, deseando que entendiera.

No aguantó más y le dio un abrazo, resistiendo las ganas de frotar el lugar donde su mano había impactado. Rubén en alguna ocasión lo hacía con sus hijos, cuando les consolaba después de un castigo, pero Marcos no estaba seguro de que fuera recomendable en el caso de Gabi, pues el niño no entendería por qué primero le pegaba para después acariciarle.

Gabriel apretó el abrazo y se colgó de su cuello, enredando los pies en su cadera. Marcos tuvo que hacer algo de esfuerzo para sostenerle. No pesaba mucho para su edad, pero era considerablemente más pesado que sus sobrinos.

- Ya pasó, pequeño. Tranquilo.

Le hizo mimos en la espalda y cogió la toalla para cubrirle un poco aunque fuera, sintiéndose extraño por sostenerle así sin nada de ropa. Se agachó para recoger también el peluche, y se lo dio.

- ¿Qué pasó? ¿No le vistes? - preguntó Rubén, yendo a su encuentro al ver que tardaban.

- Eso intento, pero se ha puesto un poco difícil. Le di una palmada – le confío. – Y ahora no me suelta.

- ¿Te ayudo?

- Por favor.

Rubén se acercó, pero en ese momento llamaron al timbre.

- Rebeca y los niños ya están aquí. ¿A qué hora se han levantado? El AVE tarda dos horas y media.

- No aguantan ni un día sin ti – sonrió Marcos. – Ve a abrirles. Yo me quedo con él.

- ¿Seguro?

- Sí, no te preocupes.

Rubén fue a recibir a su familia y Marcos separó a Gabriel apenas unos centímetros, para mirarle a la cara. Le dio un beso en la cabeza. Sin soltarle, cogió los calzoncillos y se dispuso a ponérselos así, sin bajarle de sus brazos. Era un poco difícil maniobrar en esa postura, pero Gabi no puso objeciones en esa ocasión.

Feliz por ese pequeño triunfo, le sentó sobre la cama para ponerle la camiseta, pero Gabriel se escabulló y salió del cuarto, topándose directamente con su primo Jaime.

"Por lo menos está en ropa interior" pensó Marcos.

Gabi retrocedió rápidamente y se pegó a la cintura de Marcos, como si quisiera preguntarle qué era esa especie invasora que estaba de pronto en su territorio.