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LOS CUENTOS PARA NO DORMIR

II. Viento caliente

Ya era tarde para el instituto. Con rapidez me puse el uniforme y salí de casa calzándome los zapatos negros. Estaba lloviznando ligeramente lo que me hizo enojar, pues mi cabello se iba a poner esponjado ante la humedad. Llegué a la parada del bus y pagué mi boleto de estudiante. El conductor me regresó mi cambio con una sonrisa, era el viejo Gerald Brunildos. Caminé por el pasillo buscando un asiento libre, casi todos estaban ocupados, había una señora y su bebé, algunos cuantos estudiantes, hombres, incluso niños. Finalmente encontré un lugar vacío casi al fondo y me senté. Me tocó el lado de la ventana. Para entretenerme puse mis audífonos y cerré los ojos, a ver si me dormía, aunque fuera un rato.

Olvidé hacer los deberes de Macroeconomía, pensaba entre dormida, no terminé los problemas de Física. Tengo que sacar las copias de Ética porque hoy me toca leer la lección entera frente a la clase. Y no quiero que el tipo engreído de mi salón salga con que todos sus compañeros son unos irresponsables, ni tampoco quiero que la tipa del cabello corto me preste sus perfectos apuntes siempre bien ordenados.

Abrí los ojos asustada, había sentido una mano en mi rodilla. Rápidamente voltee hacia el señor viejo que venía a mi lado. El hombre de chaqueta café estaba dormido, o fingiendo que dormía el muy bastardo. Sus manos descansaban sobre sus piernas. Maldito hijo de perra. Estaba asqueada. Me quité los audífonos y vi de reojo por la ventanilla. No estábamos en la ciudad. Un momento. Mis ojos se abrieron a su máxima expresión. Era un paisaje de carretera. Seco, desértico, con pastizales amarillos. ¡¿Qué diablos?! ¿Me había equivocado de autobús?

Inmediatamente me levanté de mi asiento tomando mi mochila, incluso le pisé el pie al viejo acosador pero no pareció inmutarse, quedándose dormido de igual manera. Yo caminé por todo el pasillo hecha una furia.

—¡Un momento! ¡¿A dónde va este autobús?! —Vociferé molesta, frunciendo el ceño.

—Vamos a la lengua de fuego. —dijo con seriedad el conductor que para ese entonces sudaba mucho, tanto que casi tenía empapado el uniforme. Entonces volteé hacia los demás pasajeros y los vi igual de mojados que el chofer. Me vi a mí misma también, igual de sudada. ¿En qué momento había hecho tanto calor?

—¿Qué quiere decir con eso? ¡Estamos fuera de la ciudad! ¡El autobús pasa por el instituto Morgan, imbécil!

—Entonces creo que tomaste el autobús equivocado, niña. ¿Es que tus ojos no vieron el letrero escondido? ¡Lengua de fuego! ¡Lengua de fuego! —Su voz era ronca y cada vez se oía más ajada.

Observé el paisaje que ahora aparte de pastizales amarillos tenía varios espantapájaros enterrados entre la tierra. Era curioso, eran demasiados espantapájaros viejos, había uno cada dos metros mirando hacia el autobús, como si esos muñecos de paja pudieran observarnos. También de vez en cuando había cruces de madera carcomida al lado del camino. De pronto caía de bruces, espantada me levanté rápido para darme cuenta de que la carretera ahora lucía desolada y vieja, con un montón de pozos y pavimento suelto, como una carretera fantasma que estaba ahí hace siglos.

—¡Necesito ir a la ciudad ahora! —grité molesta —. ¿A cuánto estamos de la estación?

—Niña, no hay más estaciones, solo el destino rojo del que no se vuelve jamás.

—¿Y otra parada de autobús?

—Te digo que no tenemos vuelta. Lo que se va a la lengua de fuego no vuelve jamás.

Era supremamente un pobre loco. Empecé a sentirme desesperada, yendo hacia un lugar incierto. Además, los pasajeros se veían como si nada pasara, como si hubiesen querido subir a ese autobús desde un principio y nadie me volteaba a ver.

—Bien, pues entonces bájeme aquí. —Volteé a verlo y quedé horrorizada, sin voz, incluso me caí de bruces otra vez. Mis ojos estaban tan abiertos que podrían haberse salido de su lugar, mis manos temblaban furiosamente. Mi boca estaba abierta en un grito silencioso. El conductor ya no tenía piel, solo la carne roja llena de sangre y con las venas expuestas, de su carne salía vapor, como si estuviese cocinándose en ese momento. Hacía verdaderamente mucho calor —. ¡He dicho que quiero bajar! —grité escandalizada, levantándome hasta quedar pegada a las puertas plegadizas.

—¡No puedo desacelerar! ¡Es contra la ley! ¡No puedo perder velocidad! —Me dijo molesto sin despegar sus ojos saltones de la carretera llena de baches.

—¡Abra la puerta! ¡Ábrala! —Para ese momento yo ya estaba desesperada por salir y con muchas ganas de vomitar. Mis ojos ardían probablemente por la acumulación de lágrimas que no dejaba salir.

—¡Pero vas a saltar porque no me voy a detener! —Me advirtió y yo respondí que sí. No esperé que fuera a abrir las puertas al término de su oración por lo que salí volando del fúrico autobús. Caí de espaldas dándome un fuerte golpe en la cabeza, rodando después, mi adrenalina reaccionó por todo mi cuerpo y el miedo me obligó a mantenerme con las rodillas pegadas lo más posible al pecho para que las llantas del camión no me rebanaran los pies. Sentí el vuelo del camión despeinando furiosamente mi cabello largo.

Estaba conmocionada, había prácticamente caído de un autobús que iba como mínimo a unos 130km/h. Miré hacia atrás y adelante, la carretera era plana y no había ningún coche a la redonda. Todo estaba en un silencio sepulcral. Esperé a que la respiración se me normalizara un poco y luego me levanté. La mochila que cruzaba de lado me había ayudado a amortiguar las costillas por lo que mi caída no pasó más que a rasguños de mis manos. No hasta que sentí algo caliente bajar por mi cuello, entonces comprobé que mi cabeza sangraba. Me alarmé supremamente y de inmediato identifiqué la zona afectada, que era por detrás de mi nuca. Traía mi blusa deportiva en la mochila así que la saqué para limpiarme. Tenía la cara fruncida de dolor. Ahora que todo parecía estar en paz, el dolor de la caía había venido a por mí con todo.

Contemplé la carretera, ahora tenía qué regresar a casa. Ya el instituto me valía madres. Quería llegar a casa y darme una ducha, quizás hablar con mi mamá para que me curase, pues ella era enfermera del hospital local. Saqué mi celular del bolsillo de mi saco negro, vi la hora, las diez menos cuarto, y además el puñetero artefacto no tenía ni una raya de señal. No tenía de otra, tenía que caminar. Me colgué la mochila y me fui recorriendo la orilla de la carretera sosteniendo la blusa de deportes contra mi nuca. Caminé largo y tendido mientras el sol me daba de lleno. Estaba tan caliente que la piel se me estaba poniendo roja. Temí que se me fuera a caer la dermis como al conductor del autobús. Para taparme algo de sol me puse la blusa sobre la cabeza. Tenía mucha sed para entonces.

Los espantapájaros me ponían nerviosa. Estaban hechos de paja y andrajos, y algunos tenían calabazas podridas como cabezas. Sus ojos de botones parecían mirarme sospechosamente, como si fuesen a moverse en cualquier momento. Empecé a caminar más rápido, pero seguían apareciendo. Me quedé tan embobada viendo a uno de ellos que parecía muy real cuando de pronto choqué con algo y trastabillé hacia atrás para alejarme. Sentí que el alma se me salía por la boca. Solo era una estúpida cruz de madera. Lucía carcomida por los cientos de termitas que tenía. En algún momento había visto un video en internet donde decía que las termitas eran alimento, y yo tenía hambre. Pero no iba a llegar a esos extremos. Seguí caminando, esta vez evité ver los espantapájaros para no distraerme. El sol todavía estaba en su cénit. Quería llegar a casa pronto. Mamá no iba a creerme lo que estaba viviendo.

Había recorrido muchos kilómetros y estaba cansada, muy cansada. Mis pies parecían tener grietas porque me ardían. Mis piernas no eran la excepción. Moría de sed cuando el atardecer se había puesto. Comprobé la hora en mi celular y vi que eran las 1828 horas. Para colmo en ese instante el celular se apagó por falta de batería. Me sentía insegura sin él, como desprotegida. Era inútil ahora, así que lo guardé en mi mochila. En las casi dos horas que llevaba caminando no me había cruzado con ningún tipo de transporte, ni autos, ni camionetas, ni trailers, ni autobuses, nada. Ni siquiera un animal, un perro, un gato. Parecía ser un sitio siniestramente abandonado por la vida.

El sol estaba metiéndose entre las montañas lejanas, dejándome sin luz. Y esa maldita carretera no tenía fin. Tuve miedo de que ni siquiera tuviera principio. Estaba caminando por en medio cuando de pronto empecé a escuchar que mis tenis habían pisado algo pegosteoso y me fijé hacia el suelo. Había un pequeño río de sangre, de apenas unos tres centímetros de ancho, y fluía viscosamente. Vi el rio, apenas terminaba a unos metros detrás de mí. Entonces me pregunté de dónde venía. Debía ser algo malo. Pensé, ¿y si todo este tiempo había estado caminando más lejos de casa? ¿y si la caída del autobús me había confundido y había tomado el camino al revés?

Oh, mierda.

—¡¿Cuál es el camino correcto?! —grité desesperada mientras lloraba —. ¡¿Alguien me escucha?! ¡Tengo sed! ¡¿Cuál es el camino?! ¡NO QUIERO ESTAR AQUÍ! —Empecé a llorar sin detenerme. Tenía miedo y en mí crecía una incertidumbre dolorosa de no saber si iba o venía. No tenía sentido. No podía ver si estaba en el camino correcto y estaba por anochecer.

¡Estaba perdida en esa maldita carretera! ¡Y temía pensar que estaría perdida para siempre!

Me quedé sentada a la orilla del camino. Necesitaba descansar a fuerzas. Mis pies no daban para más. Me escondí dentro del pastizal amarillo, tirada de espaldas para mirar el cielo azul. Debía oler terrible, hacía mucho calor. Esperaba que la noche, al contrario del día, no fuera en extremo fría. Lo que daría por estar en casa, o en el instituto. ¡En la ciudad!

No supe en qué momento me dormí, pero me despertó el sonido de los grillos cantores. Hacía frío y lloviznaba ligeramente. Desperté dándome cuenta de que mi piel estaba helada. Me levanté a la mitad, cruzándome de brazos para darme algo de calor. Mis dientes empezaron a castañear, pues estaba totalmente mojada.

—¡Mierda! —grité espantada, arrastrándome como gusano para atrás. Justo delante de mí estaba enterrado un espantapájaros. ¡No estaba ahí antes! Y me miraba con sus ojos de botones, aunque estaba inerte, únicamente se movía por el poco aire que circulaba en ese desértico lugar. Pero había algo más en esa criatura de paja, había una especie de señal. Su brazo derecho estaba señalando un lado del camino, por donde yo había venido todo este tiempo. Lo contemplé detenidamente. Si era una señal iba a interpretarla. No me importaba cómo fuera, yo necesitaba un guía, algo en lo qué creer desesperadamente así que usé mi lógica. Si el pequeño río de sangre venía de mi izquierda, entonces yo tomaría el lado derecho.

Me sentía un poco más descansada entonces, así que me levanté para echar una corrida por el lado que indicaba el extraño espantapájaros. Corrí lo más rápido que pude por la mitad de la carretera, a fin de que en casi un día entero no había pasado ningún coche. Cuando comencé a cansarme seguí trotando, y cuando me cansé de trotar seguí caminando. Solo hasta que comencé a dar pasos ligeros fue cuando pude escuchar ese ruido. Como un golpe tras otro, entonces me volví hacia atrás. Fruncí el ceño y medio abrí la boca, anonadada. El espantapájaros caminaba a unos metros detrás de mí, utilizando como bastón el palo donde una vez estuvo colgado.

—Niña, ya no hay salida. —dijo con una voz suave, como el viento —. Quédate aquí, en el lugar sin fin. Donde podrás vivir sin morir. Los vivos a la derecha van, pero es aburrido. Los muertos a la izquierda van, pero es muy temido. Pero si te quedas en el medio, no habrá mayor miedo. —Canturreó como en rima.

—No puedo quedarme aquí. —Por alguna extraña razón me volví loca, y digo esto porque el miedo se me quitó y me quedé quieta frente a la criatura de paja —. Debo volver porque si no mi mamá se preocupará. Además, si no paso el año escolar ahora sí me van a expulsar.

—Pero querida, mírate, estás ya muy sedienta y hambrienta. Creo que en cualquier instante podrías desmayarte, que desastre. No puedes más, debes admitirlo, quédate conmigo que yo te cuido.

—De verdad no puedo, señor espantapájaros. No sé si estoy soñando, pero necesito seguir caminando. No puedo quedarme aquí, en este lugar sin fin. Por favor no insistas más, pues temo que no me tendrás. Así que déjame ya, pues solo me retrasarás. —Me sorprendí de mi voz, yo también estaba empezando a rimar mis palabras, así que lo miré asustada y empecé a correr nuevamente lo más rápido que podía escuchando sus súplicas a lo lejos de que me quedara con él.

Los demás espantapájaros también comenzaron a moverse. La llovizna se convirtió en una lluvia severa, el cielo de repente era iluminado por relámpagos gigantes y los truenos hacían temblar la tierra. Mi mochila golpeteaba contra mi costado así y con lo mojada estaba haciendo más peso, así que tuve que quitármela y tirarla.

—¡Quédate con nosotros! —Canturreaban las criaturas de paja arrastrándose como podían hacia mí, pero eran lentas y muchas de ellas se quedaban a medio camino porque la paja se les salía de sus ropajes.

No supe en qué momento me dejaron de seguir, para ese momento yo estaba como mimetizada con el pavimento, corría sin parar, sin siquiera sentir mis extremidades, solo sabía que tenía que seguir corriendo. No me di cuenta cuando la carretera comenzó a mejorarse hasta que vi un alto letrero verde que decía "Bienvenidos a la ciudad de lobo". Entonces me detuve pausadamente para leerlo bien. Miré hacia adelante y vi, con gran sorpresa, que eran las luces de mi ciudad. Volteé hacia atrás y comprobé incrédula que había algunos trailers transitando por la noche, y uno que otro auto. Hicieron sonar sus claxons y comprendí que yo estaba en mitad de la carretera, así que me quité.

Por el resto del camino me fui caminando hasta adentrarme en la ciudad. La lluvia no había disminuido en lo más mínimo por lo que entré a una cafetería de 24 horas. La empleada me preguntó si estaba bien, le comenté que estaba perdida y me prestó el teléfono para llamar a mi mama para que pudiera recogerme. Me contestó llorando que donde había estado y que llegaría en una media hora. La buena mujer de la cafetería me trajo chocolate caliente y una toalla mientras yo, sentada en la barra, esperaba a mamá. Dominga, la señora de la cafetería, se excusó con que iba al baño, pero que le diría al cocinero que me preparara una sopa caliente. Se lo agradecí, ya que me encontraba muy hambrienta. Estaba completamente sola en el área de clientes y había un silencio que se me hacía extraño.

Escuché luego el sonido que hace un autobús cuando frena para detenerse. Me volví hacia atrás y pude observar al conductor; Gerald Brunildos, esta vez con su piel como debía ser. No me miró en ningún momento, solo veía hacia el frente. El autobús volvió a seguir su curso, alejándose, mientras me preguntaba si lo que yo había vivido fue algo real. Me levanté de mi asiento y salí para ver donde iba el autobús. Pude leer en un anuncio del vidrio trasero:

"Hacia la lengua de fuego

vamos todos".