Una novela corta basada en una campaña de Calabozos y Dragones, 5ta edición.

Harás al ladrón fiel,
fiándote de él.

Cualquier persona podía protagonizar una historia, sin importar cuán grande o pequeña sea. La persona o la historia, claro, y por lo general, todos tenemos un papel en la historia de alguien más. Tal vez personaje secundario o tal vez como antagonista.

La realidad de Shae era ser la villana de un arco argumental menor en la historia de mucha gente, y su más apreciada habilidad era serlo sin que ellos se dieran cuenta. Era una ladrona, y sus bromas o trabajos causaban sin fin de infortunios a sus múltiples víctimas quienes se daban por enterado de sus pérdidas un segundo muy tarde. Casi como magia, pensaba la tiefling cuando reparaba en ello porque pocos tenían la destreza manual para desempeñarse al nivel de ella.

En otro tipo de historia diría que no siempre había sido así.

Si Shae era honesta, y rara vez lo era, confesaría que solamente recordaba una vida donde siempre había sido capaz de quitarle un anillo a una novia recién casada. Allí, dentro de una taberna maloliente en la ciudad de Cornucopia, habría de mentir cuando le preguntaran.

–Es una tradición familiar –dijo, encogiéndose de hombros–, mis padres me enseñaron como les enseñaron sus padres.

Estaba sentada frente a una mesa redonda y coja sobre la cual bailaban varios jarros de cerveza todavía fría. Ninguno era de ella. Alrededor de la mesa se encontraban dos gemelos cornudos como ella, aunque más jóvenes y haciendo caras de asco sobre sus jarros, un reptil sobre desarrollado de escamas amarillentas con cara de dragón que bebía como dos enanos juntos, y un elfo larguirucho con cara de enfermo. Había sido el elfo quien le hubo preguntado dónde aprendió a robar con una mirada casi tan filosa como las múltiples dagas escondidas bajo su capa.

–No quiero más preguntas –dijo uno de los gemelos sin hacer contacto visual con los otros presentes. Sus ropas, grisáceas y probablemente blancas de haber estado limpias, tenían manchas de color similar al óxido–, quiero quemar algo. O a alguien.

Su hermano, quien iba vestido de negro y llevaba el cabello más corto, siseó, buscando distraer la atención de las palabras dichas por su par. Shae notó que la madera frente al tiefling que acababa de hablar estaba ligeramente chamuscada. Nadie hizo mayor comentario más allá del punto del chico, pues el dracónico infló su pecho y bufó con exasperación: –¿Y para qué me has llamado, elfo, además de escuchar mis hazañas y admirarme?

Si algo había aprendido Shae en su vida, era que jamás se podía subestimar a los engreídos. Especialmente a los engreídos de dos metros con aliento de fuego y bíceps más grandes que su cabeza, los cuales podía ver pues el atuendo de monje que llevaba no le cubría los brazos.

–Primero lo primero –dijo el elfo extendiendo una mano hacia Shae–, mi dinero.

Chasqueando la lengua, le devolvió la bolsa de oro.

Se la había quitado cuando pasó sigilosamente junto a la mesa mientras los otros recibían las cervezas que les llevó la mesera. Misma mesera que, unos momentos después y antes de que pudiera salir de la taberna, le dijo que "el buen elfo y sus amigos" la estaban esperando. Aceptó la invitación esperanzada de que hubiese sido porque "el buen señor" fuera otro elfo con fetiches por los cuernos y las colas, y no por haber sido sujeto de uno de sus robos. Cuando él le preguntó dónde había aprendido a robar supo que estaba equivocada.

Al menos no parecía estar en mayor problema más allá de la dudosa compañía.

–No puedes culpar a una chica por buscar la manera de comprarse cosas lindas –le dijo Shae con una sonrisa que mostrara sus colmillos. El gemelo de ropas blancas sonrió también, aunque sus ojos estaban ausentes. Le pareció una reacción automática y vacía.

–Linda, con esas manos no creo que te haga falta comprar nada –respondió el elfo guiñándole un ojo y causándole a Shae un asco de niveles inmensurables–. Ante todo, es momento de presentaciones porque te nos uniste un poco tarde. Soy Evan Troteveloz.

–¡Já! Buena línea –intervino el dracónico levantando una palma en dirección al elfo–, aunque tengo algunas mejores que puedo enseñarte yo, Jorge Mundus, maestro de la Mano Abierta y futuro líder de mi clan.

–Shae, sin apellido.

Jorge rio: –Bien, Shae Sinapellido, qué nombres tan divertidos tienen en esta ciudad.

–Los tieflings no suelen tener uno –dijo el gemelo vestido de negro–. Yo soy Maliesin y mi hermano es Taliesin. Me disculpo por los comentarios que vendrán de él.

–Los elfos no nos dejan tener apellidos –dijo Taliesin con tono airoso. Las lámparas de aceite dentro del establecimiento eran contadas y las llamas en las mismas producían sombras danzantes que transformaban la expresión del tiefling de una vacía a una atemorizante; las puntas de los dedos de Shae se estremecían con una ansiedad ajena.

Evan carraspeó: –Yo no lo diría de esa manera.

–Pero tampoco es mentira –añadió Shae apoyando su barbilla sobre su puño cerrado y mirándolo–, a nuestros señores elfos no les conviene que pertenezcamos a algo más que a ellos y que siquiera tengamos nombres no es más que vuestra infinita misericordia.

Jorge no le prestó importancia o atención, ya que su semblante no cambió ante la información. Los elfos y los tieflings podían encontrarse viviendo en cualquier parte del continente, pero la mayor concentración poblacional de ambas razas estaba en la ciudad de Cornucopia, lugar donde habían desarrollado un singular sistema de clases socioeconómicas que se resumía en lo siguiente: los elfos eran la nobleza gracias a las riquezas y aliados que habían traídos de los frondosos bosques del sur, y los tieflings eran la clase obrera que pagaba los pecados de su raza sirviéndolos.

Así decían los libros de historia, escritos por elfos y uno que otro erudito enano.

–Dama, caballeros –dijo Evan luego de una palmada–, tengo trabajo para ustedes.