Escuchas a las olas chocar contra el acantilado del cual acabas de caer. Lo observas desde lejos, muy lejos, tanto que piensas en la incapacidad humana de estar en tu posición actual. Una nube pasa por debajo de donde habrían de estar tus pies, escondiendo la tierra. Intentas estirar una mano, aunque tampoco las tienes. Te habrías sorprendido, pero tampoco hay oxígeno en tus pulmones, ni pulmones, para eso.

La nube sigue el curso que le indica el viento, y tu cuerpo te devuelve la mirada con tus ojos opacados por la falta de alma tras ellos. Tardas unos segundos en recordar siquiera que eres tú quien flota en el mar, y otros más en dirigir tu vista al costado, a tierra firme. Puedes ver cómo él se retira corriendo y su figura se pierde entre árboles dejándote solamente con el llanto que resuena en el ambiente. Su llanto.

¿Llora por ti, acaso?

En la punta del acantilado, entre hierbas marchitas, se encuentra el reluciente anillo de oro con el cual acaban de proponerte matrimonio. Tus últimas palabras fueron la negación.