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El horizonte se divisaba gracias al tenue brillo de los soles moribundos sobre su cabeza. Galatea pensaba, aprovechando sus últimos alientos, en lo tan amables que habían sido sus captores por tomarse la molestia de haberle dejado la cabeza descubierta después de haberse deshecho de su cuerpo. Sus cuatro brazos y cola estaban atados tras su espalda y sus piernas rotas luego de incontables golpes. El más mínimo esfuerzo de doblar una rodilla le causaba dolores punzantes y le había hecho gritar hasta quedarse sin voz.

Ahora, hablar sin cuerpo que habitar no tenía caso. La abandonaron en el desierto de cristal, a miles de kilómetros de cualquier organismo biológico al cual transferir su plano mental para hacerse de él y utilizarlo como suyo. Este último cuerpo tenía una fuerza y atractivos envidiables, ideales para escalar socialmente y cumplir su misión con cómodos resultados, mas su elección fue una sin premeditación, pues pertenecía a un cabecilla de la Rebelión. Olnor Afi, líder de la división de comunicaciones. Médico de guerra. Graduada con honores. Madre de tres, y medio.

Le quedaba divagar en el aire, incapaz de conectar con los microorganismos y partículas del mismo, existencias demasiado simples para ser procesadas por su sistema, perdiendo la visión segundo por segundo. Asumía que sus cálculos eran correctos y que quedaban veintisiete minutos de conciencia a lo sumo antes de que sus procesos mentales superiores entraran en un estado de suspensión temporal hasta que pudiera descargar su plano mental o se apagara por completo. Si enviaba una señal de rescate, sería recibida inmediatamente pero su tiempo se vería reducido con creces y encontrarla tomaría más tiempo del que le quedaba, con o sin transmisión.

De haber sido asignada a un planeta más avanzado, sería otra historia.

En lugar de estar en Sigma Siete, con su sofocante contaminación atmosférica, aros de asteroides y desechos rodeando su diámetro, nubes tóxicas y guerras constantes, podría estar en el paraíso virtual que era, por ejemplo, el planeta Apolón, a dos sistemas de distancia. Tres décadas atrás asistió a una conferencia de la mano de sus superiores, y lo recordaba como su hubiera sido ayer, en la capital de uno de los pocos países "libres" en Apolón. "Libre" significando, por supuesto, en espera de recibir el programa de asimilación que también planificaron aplicar en Sigma Siete. Su actual estado declaraba la misión como un fallo en todos los niveles.

Para poder llevar consigo los códigos de asimilación, tenía que cumplirse un riguroso entrenamiento y pasar por incontables revisiones de absolutamente todas las líneas que componían la entereza de los suyos. Introducir las órdenes sin el más delicado de los cuidados resultaría en una falla irreparable, pues el plano mental original se vería corrompido y su conexión tendría que aislarse de otros para no transmitir el fallo a otro plano. Era un riesgo menor en comparación con el poder que prometía el éxito, juraban con una figurativa mano en el pecho.

Galatea conocía de muchas existencias, ya que había pasado por muchas yendo de unidad orgánica en unidad orgánica, pero no había sentido ninguna como más que parte de su gran labor hasta instalarse en el plano de Olnor y asumir su vida. La suya fue una personalidad tan peculiar, llena de dualidades que contradecían toda lógica procesable por los comandos integrados en su unidad de raciocinio. De poder añorar, añoraría regresar cada noche para verse ante un espejo y ser recibida por ese rostro de tantos ojos. Los hijos de Olnor los habían heredado, todos y cada uno.

El calor aminoraba. Sus controles le indicaban que las altas temperaturas se mantenían estables, pero sus terminaciones nerviosas perdían la conexión con el cuerpo al cual estaban afiliadas. Primero se desconectarían de sus sentidos, y luego continuaría la pérdida de parcial a total de los procesos mentales superiores. Intentó, a pesar de la posibilidad de obtener una respuesta de dolor a niveles insoportables, mover una de sus extremidades. La carencia de una reacción ante las instrucciones que enviaba era en sí misma era lo suficientemente clara para Galatea.

El contador iba disminuyendo en número, pero a falta de sangre que hacer fluir, no consiguió emitir adrenalina en su sistema. Quería sentir miedo, quería entrar en el frenesí que alguna vez la había movilizado tanto de cuerpo en cuerpo bajo el sonido de los rifles ZKZM-5000 y sus calcinantes láseres en los campos de batalla de Sigma Ocho. Todavía tenía grabada una memoria específica donde armaba y desarmaba uno, solamente por ser capaz de hacerlo. La tenía, sabía que así era.

O no.

Era una memoria de Olnor, previa a su asimilación, y por tanto el acceso a tal era imposible para Galatea ahora que el cuerpo, y todas sus funciones, se encontraba inactivo en su totalidad. Olnor estaba muerta. El plano mental de Galatea, al no verse capaz de enlazar con otras terminaciones, inició el procedimiento de suspensión. Estaba y a la vez no estaba presente, flotando como una burbuja de códigos incoherentes y en cuyas líneas se podría entrever el resumen de la misión, ahora fallida, y anécdotas adicionales que habían sido innecesaria pero cuidadosamente registradas.

Reuniones clandestinas que acababan en celebraciones carnales incitadas por euforias incontrolables, ojos que devolvían una mirada empática luego de revelar las oscuras pesadillas llenas de muerte y cansancio, manos grandes entrelazadas con manos más chicas y palabras llenas de esperanza por un futuro que ya no podría ser provisto. La incomprensión de cuán superflua resultaba la individualidad en seres inferiores, dependientes de un único ciclo de vida funcional atado a la presencia biológica en la que contenían aquello que llamaban "alma".

Con el último despojo de conciencia al cual Galatea se aferraba, rogó, entonces, por el alma de Olnor y por la suya propia. Dejó de ser, para que su concepción quedara borrada del sistema para jamás ser recuperada a diferencia del cuerpo yaciente en el cálido suelo, cuyos restos se unirían al ciclo de la vida y nutrirían futuros organismos. Perduraría, de una manera u otra.

Y allí, siendo sin poder ser, Galatea envidió.