Renuncia de derechos: en el transcurso de la historia, quizá aparezcan detalles que son de otras personas, así que denles el debido crédito. Como lo demás será mío, me reservo su uso.

Aviso: la presente historia se desarrolla en el mismo universo de «Porque el mundo se equivoca»; sin embargo, se dará aquí la suficiente información como para comprenderla sin necesidad de leer la antes mencionada.

Esta histora participa en el Reto Anual del Tanit Dribs (hashtags del reto en redes sociales: #TanitDribs #12M12RFácil), en su Modo Fácil, organizado por TanitbenNajash.


Enero: Relato libre.


En el que se tienen las manos frías.

«Debemos obrar, no para ir contra el destino, sino para ir delante de él.»

Friedrich Hebbel.

Apenas puede mover los dedos.

Sabe que en parte, es a causa del sitio. Un sótano, ni más ni menos. Es un estúpido cliché, porque solo tiene un foco solitario colgando del centro del techo, pero está tan sucio que su luz no ayuda a distinguir bien nada de lo que hay allí. No es que importe: todos llevan pasamontañas y no miran a los ojos de los demás, a menos que haga falta y nunca por más de tres segundos.

La otra razón para el malestar en sus manos es la temporada.

Es enero, pleno invierno, con el frío entumiendo sus miembros y volviéndolos torpes. No deja de abrir y cerrar las manos, que siente heladas pese a los guantes que las cubren.

«¿Hace cuánto te quejaste por última vez del frío que hace hoy?»

La pregunta asalta su mente y de igual manera, se encoge de hombros.

No es el momento, ni el lugar, para preocuparse por algo como el maldito frío.

—Han entendido todo, ¿verdad?

A su alrededor, los asentimientos surgen como por encanto, así como las expresiones de fiera arrogancia y los gestos nerviosos de quienes están ansiando ponerse en movimiento. Los imita por mera inercia, aprovechando su sensibilidad al clima para que interpreten su escalofrío por entusiasmo.

Después de todo, tiene un papel qué cumplir.

—Si tienen una pregunta, por muy estúpida que sea, es el momento de hacerla. No volveremos a tener una ocasión como esta hasta que termine la operación y tienen absolutamente prohibido usar los comunicadores para algo que no sea el seguimiento. ¿Y bien?

Nadie habla por un momento y se nota que están a punto de despedirlos, por lo cual vence el terror que le pesa en el estómago y alza una mano.

—¿Qué?

—Cuando nos paguen el trabajo, ¿será en persona o por otro método?

—¿Por qué? ¿Importa? Te van a dar el jodido dinero, lo garantizo.

—No es particularmente importante, pero me da curiosidad saber si veré al que me paga.

Tras eso, se hace el silencio. De reojo, toma nota las expresiones de varios, en las cuales puede vislumbrarse que tienen la misma duda. Aligera su postura con fingida calma, enteramente concentrado en que nada revele lo que pretende en realidad.

—Eso lo sabrán todos cuando se les pague, si hacen un buen trabajo.

Asiente, porque sabe que no le queda de otra. Hay dos posibilidades para que nadie le dé la respuesta concreta a lo que quiere saber y ninguna le gusta.

Una, que ni siquiera los ahí reunidos conocen a quien los ha contratado.

Dos, quien sí sabe la identidad de su empleador, tiene órdenes de no revelar ese dato.

La primera opción deriva en más preguntas, porque en serio, ¿cómo se ha podido organizar una operación como aquella sin saber quién la pide?

La segunda opción, por su parte, plantea qué tanta lealtad causa el empleador como para no ser delatado. Lealtad… o tal vez miedo.

—Todos, realicen las últimas revisiones. Nos vamos en media hora.

A su alrededor surgieron distintos asentimientos, por lo que añade el propio.

Su papel sigue en marcha.

Lástima para el resto, porque va a destrozar la operación en el momento justo.