Mayo: Debe incluir una escena en el baño.


En el que hay más amor que odio en el mundo.

«Vale más gozar con el cuerpo que gozar con el pensamiento.»

Mahatma Gandhi.

En ciertas circunstancias, adora las tinas de baño.

Aquella era una de esas circunstancias, por supuesto.

Han cantado bastante rato y no se detuvo ni al desvestirse el uno al otro, entre risitas y besos rápidos. Desde fuera, cualquiera ha de pensar que están compartiendo una especie de broma privada, pero nada está más lejos de la verdad, solo que no necesitan recordarlo en un rato.

Tras un breve desacuerdo (relacionado absurdamente con el gel de baño a elegir), ambos se pueden sumergir en el agua tibia y por unos minutos, solo relajarse.

Hasta que claro, hay que abordar el elefante en la habitación.

—¿Qué vamos a hacer si se reanuda la operación?

—Se va a reanudar, no lo dudes. El problema será descubrir cómo van a hacerlo. Van a seguirte la pista de nuevo y si estoy esta vez desde el principio, sabré cómo te descubrieron la primera vez y así…

—… Así podrás advertirme. ¡Ya sabía yo que no solo tenías cerebro para tus monstruos!

—Leyendas, ¿recuerdas? No todos son monstruos.

—¡Como sea! ¿Necesitas que yo haga algo?

Lo piensa. Una parte de su mente indica que responda con un sí y vayan ideando juntos un buen plan a seguir, pero otra parte se resiste a ponerle más ojos encima, en caso de que las cosas se tuerzan.

Es entonces cuando se pregunta por qué teme que algo salga mal en un futuro.

—No quieres que me meta, ¿verdad?

—¿Tan obvio es?

—Un poco. Pero oye, sabes que puedo arreglármelas, y aunque me pasara algo, nunca te culparía, porque me estás advirtiendo y aún así lo quiero hacer.

—Bien, bien. ¿Qué tal si reúnes a algunos de los nuestros y andas con ellos lo más que puedas?

—¿No es un arma de doble filo? Es decir, pueden descubrir a más Sparkos y…

—Pueden, pero para eso voy a volver a formar parte de la operación. Si descubro algo que ayude a que no desaparezcan más Sparkos, te lo diré.

Tras recibir un asentimiento, se remueve un poco. Han estado juntos en la tina antes y siempre logran estar en ella sin sentir que se apretujan, pero eso no significa que les guste permanecer allí en exceso.

Con cuidado, rodea con los brazos a quien tiene enfrente. Sabe que el gesto es bien recibido la mayoría de las veces, pero por el tema tratado antes, hay cierta tensión que agríe el momento.

—Puedo ir a Mayabté —la sugerencia surge de pronto, en tono medianamente cauto.

—¿A Mayabté? ¿No es difícil conseguir el pase aduanal?

—Sí, pero tengo la nacionalidad, ¿lo olvidas? Además, precisamente porque no es fácil pasar la aduana, dudo que cualquiera pueda seguirme.

—Es verdad. Estaré atento, por si acaso.

—No esperaba menos. Llamaré a algunos de los nuestros y les pediré que nos reunamos allí. Quienes me digan que sí, enseguida les ayudaré a tramitar el pase.

—Con cuidado. Sabes que eso podría levantar sospechas.

—Menos mal que no todos los que van necesitan el pase, ¿verdad?

—Verdad.

Con eso concluido, siguen mimándose en la tina, hasta que el agua se enfría, que es cuando salen y la vacían, al tiempo que susurran nuevos planes.

Hay algo más grande que ellos en el horizonte, pero que los parta un rayo si no hacen todo lo posible porque nadie salga herido.