©Todos los derechos reservados.


Barba Azul

.

.

.

—¿Otro asesinato? —Oyó la voz nerviosa de una mujer a unos pasos más allá, mientras esperaba sin ánimos el tren para volver a casa. Ana giró levemente su rostro, escuchando la conversación con reciente interés.

—Sí, lamentablemente ha sido el quinto en tres semanas. Fue un hombre joven —respondió, quien parecía ser su esposo, por la forma en cómo ella sostenía cariñosamente uno de sus brazos.

—¿Y las autoridades? —Casi gritó la mujer, horrorizada—. ¿Aún no atrapan al asesino?

No alcanzó a oír lo que le respondía el sujeto, porque el estridente sonido de la locomotora avisando anticipadamente su llegada ahogó sus palabras. Antes de que se detuviera en la estación, Ana se cubrió su nariz con la bufanda roja que descansaba sobre sus hombros y cuello, evitando que el humo del cañón infectara sus pulmones. Sabía que los utilizaría durante toda su vida, y quería cuidarlos.

Observó su boleto y se dirigió hacia la cabina de segunda clase, a sabiendas de que cualquiera de su familia se asentaría en una de primera. Ana no gustaba mucho de los lujos y deseaba pasar desapercibida lo mejor posible. Buscó un asiento vacío junto a la ventana y cuando lo hubo encontrado se sentó rápidamente, dejando su bolsa de libros encima de sus piernas. Había ido a la biblioteca de la ciudad más cercana–todos los libros que necesitaba en la biblioteca de su propia ciudad estaban ocupados – y pidió un arsenal de textos para el fin de semana; su tutora no era precisamente la bondad y misericordia en persona. Exigente y perfeccionista en cuánto a sus estudios, la mujer creía firmemente que por ser una Goethë debería ser superior a los demás. Sus conocimientos tenían que estar a la altura de lo que se esperaba. Ya no era ninguna novedad de que siempre le dejaba tareas eternas en sus días libres.

Liliana se reía a menudo de ella al verla atareada hasta altas horas de la noche, porque sabía que los estudios jamás le interesarían, lo hacía con la ilusión de no tener problemas y soportar las reprimendas de esa mujer.

"—¿Estás loca? —Chillaba fingiendo miedo, al oír las atrayentes invitaciones de Lili a pasear por la ciudad—. Esa señora es el diablo, si no hago la tarea me mandará al infierno.

—Pero si ya estamos ahí —respondía la rubia—. ¿Cuál es la diferencia?"

El recuerdo de las palabras de su amiga hicieron eco en su mente; no era agradable imaginarse el destino que tendría el país por las inminentes tensiones políticas que se vivían, la falta de comida en los pueblos, gente explotada en las fábricas, la revolución industrial, el avance de la tecnología, el descontento de los obreros, las guerrillas y la productividad de las minas… Tanta aglomeración de sucesos en las últimas dos décadas dejaban mareado a cualquiera y para peor, pensaba Ana, vinieron dos personajes a aportar a la obra tétrica.

Sacados de las historias más cruentas y sangrientas, las personificaciones de todo lo obscuro del sistema, como seres gratos en dedicarse a la muerte ajena y sacudir en pánico al Estado. Más bien a su ciudad. Bella suerte que tenían. Se cumplía casi un mes desde que las noticias en los periódicos contaban historias de terror y se tiñeron de escarlata.

Apoyó su mentón en una de sus manos, mirando cómo los árboles pasaban deprisa tras la ventana por la velocidad del tren. Recordando lo dicho por el matrimonio en la estación y los sucesos anteriores, se habían cometido cinco asesinatos en sólo tres semanas. Los cuerpos aparecían en las calles, entre gritos histéricos y los rayos del sol de la mañana. En un principio se creía que era el mismo sujeto y que las primeras dos muertes poseían alguna conexión–ya que fueron dos mujeres–, sin embargo después de unos días se descartó completamente aquella suposición, cuando encontraron un cuerpo desmembrado junto a la fuente del parque; la sangre había hecho un corto camino donde la víctima se arrastró en busca de ayuda, que resultó ser en vano. Era un hombre.

Fue entonces cuando la ciudad se sumió al pavor, al entrar en el desdichado conocimiento de que no se trataría sólo de un asesino, sino de dos. Ambos con métodos preferidos al operar. Ambos con gustos distintos y detalles que los diferenciaba enormemente. Uno atacaba a hombres y el otro a mujeres jóvenes. El verdugo de los hombres, apodado el Carnicero, gustaba de desmembrarlos, desparramar sus órganos y arrancarles los párpados. Y el otro, como cuento tétrico de la edad medieval, abandonaba a sus doncellas desnudas, sin una sola gota de sangre en sus venas, ni heridas en su piel. Todas ellas poseían algo en común: desbordaban la belleza de los veinte años. Nadie sabía nada. Temer era lo más básico que se podría llegar a sentir. Bordeando lo burdo.

Cuando el tren arribó en la estación, Ana se apresuró a salir. Apenas vio a un chiquillo vendiendo periódicos en una esquina, sus zancadas se volvieron más extensas y seguidas, bajó de la acera y cruzó la calle cuidando de no ser atropellada por alguno de los carruajes y los nuevos vehículos que empezaban a circular por los callejones aglomerados.

Le compró uno y le dio el cambio, extendió el periódico y buscó la noticia mientras caminaba. El epígrafe y el título resaltaron de inmediato.

«Hombre muerto a las puertas del museo. Treinta y cuatro años. Presenta las mismas características que las anteriores victimas del 'Carnicero': partes del cuerpo sin piel, cráneo fracturado, sin párpados y mandíbula extirpada»

Ana no tuvo estómago suficiente para ver las fotografías del crimen, era algo innecesario. Bajó sus brazos y con ello el diario, sintiendo un escalofrío en la espalda; a veces prefería no informarse, pero la ignorancia era considerada el peor de los males. Miró a su alrededor, recién percatándose de que la gente corría apresuradamente, casi con ansiedad. Aquello afectó su estado anímico considerablemente, temiendo lo que vería, levantó su brazo derecho y se retiró la manga de su abrigo negro, exponiendo su muñeca y su reloj de mano.

Mierda.

El toque de queda iniciaba a las ocho de la tarde, y el reloj marcaba las siete con cuarenta y nueve minutos. Había sido un mecanismo de alerta y seguridad para la ciudad debido los asesinatos y ella lo había olvidado. La joven suspiró, lamentándose por vivir tan apartada del pueblo. Las familias de la aristocracia vivían alejadas de las ciudades, en sus respectivas mansiones. Una verdadera molestia en su opinión. Tenía que llegar pronto, lo que menos pretendía era pillarse con el asesino de mujeres. O el carnicero en plena hora de trabajo.

—¿Me puede llevar? —preguntó, luego de darle un silbido al chófer del primer carruaje que logró divisar. Estaba oscureciendo y el grupo de faroleros ya estaban por terminar la rutina de iluminar la ciudad. De pronto se sintió nerviosa.

—Lo siento, muchacha, pero no puedo —el bigote del anciano se movió ligeramente ante una sonrisa de disculpa.

—Le pago el doble.

El hombre alzó las cejas. Bingo.

—¿Dónde quieres ir?

—Vivo bordeando la ciudad.

La esperanza de irse a casa pronto se vio reducida a cenizas al contemplar el semblante agravado del conductor, Ana ya había hecho amagos de querer subirse al carruaje—. Eso es muy lejos, el toque de queda empezará pronto.

La joven soltó una risita nerviosa—. Le pagaré el cuádruple y puede quedarse a dormir en mi mansión.

Perfecto, perfecto, había dicho ese sustantivo a propósito.

—¿Dijisteis mansión? —repitió el hombre, incrédulo. Las ropas de Ana la traicionaban.

—Sí, soy una Goethë —respondió la mujer poniendo un pie dentro y enseñando el dije que colgaba en torno a su cuello, con el escudo de la familia.

El material plateado resplandeció en el acto.

El viejo entreabrió la boca, con un brillo de codicia en sus ojos ónice, atizó a su caballo y echó a andar el carro a toda velocidad. Ya le explicaría a Nicolás lo sucedido. Lo más probable era que ella tuviera que pagar con sus propios ahorros. Triste vida.

.

Ana suspiró resignada, mientras miraba su monedero ahora vacío y escuchaba la risa zorruna del cochero, al tener en la palma de sus manos el ahorro completo que tardó seis meses en reunir. Estaba oficialmente en la banca rota y todo por su estupidez.

—Gracias, jovencita, por tu generosidad ahora podré invitar unos tragos al bar. Cuando tenga problemas cuente conmigo —dijo, entregándole una tarjeta. Su nombre y número de casa.

La mujer lo recibió sin ganas. El hombre levantó su gorro acampanado educadamente y se marchó, dirigiendo el carruaje hacia calles más concurridas y ajetreadas. Cerró con rabia la boquilla de su monedero, dándose la vuelta y caminando por la acera, molesta consigo misma, esquivando los cuerpos apenas. Había escondido al anciano en una habitación de invitados en la primera planta, bajo llave para que no hiciera alboroto y no la metiera en problemas durante la noche en la que se quedó. Al día siguiente tuvo que salir nuevamente y pagarle más de lo acordado, porque había olvidado un libro de leyendas locales que necesitaba para el último trabajo; que era, para su mala suerte, el más extenso de todos.

La libertad la había saboreado tan de cerca... Y ser expectante de que no conseguiría sus anhelados objetivos le estropeaba su humor socarrón que gustosamente descargaba en cualquier pobre víctima. Pronunció un par de juramentos inapropiados para una dama de su cuna, y fue dirigiéndose lentamente a la biblioteca, construida hacía más de ochenta años en el centro de la ciudad. Planeaba quedarse allí el día completo hasta terminar sus deberes. Andando por el recodo del camino, el edificio apareció inexpugnable frente a sus ojos: con la belleza que le caracterizaba. Casi como un castillo, pero más elegante y menos tosco. Una gran escalinata daba a la entrada, que era custodiada por tres enormes arcos al final y el rostro compasivo, pero estricto de Atenea: la diosa griega de la sabiduría y el conocimiento, situada arriba de las gigantes puertas de madera rojiza.

Era un laberinto de pasadizos, pero el lugar preferido de Ana era el primer piso, al fondo; donde nadie pasaba y el silencio era su cálida compañera, donde podía comer a escondidas sin que una bibliotecaria envejecida le diera un sermón con aire furibundo, donde incluso, cuando Morfeo deseaba darle minutos de descanso, echaba una cabezada sin remordimientos. Nadie iba allí y por eso, era su lugar favorito: amado y cuidado. Era toda una ceremonia ir hasta el otro extremo del gigante edificio, esquivar personas, muebles, serpentear por las estanterías…

Colocó su bolso sin cuidado sobre la mesa–acompañado del ruido grotesco de la caja donde guardaba su almuerzo, afortunadamente la ausencia de gente no la metió en problemas–, y se sentó en una cómoda silla acolchada. Sí, esto se sentía bien. El silencio de la biblioteca era confortable y tranquilizaba el alma; apoyando una vez más la teoría de la muchacha, Ana creía firmemente que las bibliotecas se inventaron para descansar antes de estudiar.

Abrió su pequeña libreta de notas y buscó, pasando las hojas marrones, el nombre del libro que había olvidado y tenía que encontrar. Y apareció.

Barba azul… —Leyó en voz baja, pasando sus dedos por el título escrito con tinta negra. Nunca lo había oído. Se puso de pie y con sus manos atadas tras su espalda, fue escudriñando entre las estanterías el libro. Luego de unos minutos de búsqueda, lo halló escondido: era el único.

Barba azul

Por Charles Perrault.

Resplandecieron las letras doradas ahogadas por un fondo lóbrego, era pequeño y liviano para llevar entre los brazos. Por el aspecto andrajoso y mal cuidado se podía datar su antigüedad, Ana dio un recorrido con la mirada a su alrededor y regresó a su sitio de estudio. Frunció el ceño al notar que estaba destinado para niños y que provenía de Francia, a base de ello, no valía considerarlo como un cuento local, por ser originario de aquel país. Ladeando la cabeza invadida por la curiosidad, abrió el libro y se dispuso a leer.

.

Mucho antes de abrir sus ojos y estar absolutamente consciente, sintió el duro tacto de la madera contra su mejilla. Tras la cortina oscura de sus ojos no lograba percibir ninguna fuente de luz y, advirtió luego de unos segundos, que tampoco se escuchaban las voces ligeras y los movimientos que de manera usual invadían el ambiente. Eso bastó para sospechar que algo iba mal.

Abrió sus ojos de golpe y se descubrió en la penumbra total. No había luz. La oscuridad era tan densa que le dolían los ojos por el esfuerzo de intentar distinguir algo. Lo que fuera; sabía dónde se encontraba, justo al final de la biblioteca… pero eso estaba lejos de tranquilizarla. Tras levantar la cabeza, memorizó cada parte del primer piso: el lugar de las estanterías, las mesas y las sillas, por dónde debía ir para llegar a la salida… Le temblaban las manos cuando guardaba sus pertenencias en el bolso, no era agradable encontrarse sola en un lugar, y siendo devorada por al pánico de hallarse sin ayuda para salir debido el toque de queda aumentaba sus nervios. Apenas hubo terminado, hizo amagos de querer ponerse de pie, hasta que a lo lejos un ruido sordo la estancó en su sitio otra vez.

¿Pasos? ¿Un libro caído de su sitio? Quiso gritar, pero se lo pensó mejor. Probablemente había sido su imaginación. Con el corazón desbocado, latiendo con tanta prisa que bordeaba lo doloroso, se quitó sus zapatos y se levantó de la silla para caminar a hurtadillas. Visualizó mentalmente todos los obstáculos que debía evitar para salir lo antes posible, dirigiéndose hacia la entrada y salida que usaban los empleados en el día, que estaba más cerca de ella y de la cual, afortunadamente, poseía una llave obsequiada por el dueño sólo por ser de la familia Goethë. Nunca imaginó que al estar su padre involucrado en temas políticos, le facilitaría las cosas. La sangre bullía en sus oídos y rostro, bloqueando todo pensamiento lógico; se maldijo internamente por dejarse arrastrar fácilmente ante el miedo.

Avanzó unos cuantos pasos, pasando tras las estanterías y zigzagueando a toda urgencia por las mesas al momento en el que oyó otro ruido, que era inconfundible. Sintió su respiración fallar, cuando una risa siniestra hizo eco por toda la biblioteca, seguido del estrépito de unas sillas empujadas. Ana amordazó con fuerza los dedos de una de sus manos, conteniéndose de gritar despavorida y sollozar, sus zancadas se volvían rígidas y sus sentidos se entorpecían al imaginarse lo que ocurriría si no escapaba a tiempo.

Caminó deprisa, mientras buscaba, pálida como la nieve, la salida que se hacía inalcanzable. El deseo de escapar fue más fuerte y ya no se daba cuenta de que chocaba contra las mesas y las sillas, que botaba libros de los carros, que se golpeaba las piernas y que empezó a llorar. Advirtiendo su posición.

—¿Dónde estás?

Era un hombre.

Y la cruda imagen del asesino de mujeres le heló la sangre.

Ya corría y buscó desesperada la llave que le permitiría salir, entre los compartimientos de su bolso. Los pasos del asesino se escuchaban cada vez más cerca y su risa trastornada retumbaba por cada rincón del edificio, como una sentencia de muerte traída desde sus peores pesadillas. Y cuando encontró la llave, en medio de la penumbra, intentó introducirla al cerrojo, perdiendo unos preciosos segundos al no dar de la manera correcta.

El leve «crack» fue música para sus oídos. Tiró de la pesada puerta de madera hacia sí y la escasa luz de la luna iluminó el miedo materializado en su rostro. No se giró a ver detrás de ella y, saliendo tan pronto como pudo, cerró fuertemente la portezuela. Olvidando que la llave aún residía en el trinquete.

Ana arrancó descalza, como alma que llevaba el diablo, escuchando los alaridos de ira del sujeto y los golpes que le daba a la puerta al escaparse de sus manos. Los ruidos se iban alejando a medida que ella avanzaba, o así creyó por un breve instante al no escucharlos. Sus piernas se doblaron y estuvo a punto de tropezar al ver cómo el hombre abría la puerta y corría en su dirección. Los ojos negros quedaron grabados en su retina y la perseguiría en sus sueños por el resto de su vida, si es que lograba salir ilesa de aquella situación.

Aulló victorioso, como los guerreros berserker vikingos que asesinaban despiadadamente a sus enemigos. Su sonrisa se ensanchó en una grata satisfacción al contemplar que la distancia que los separaba era menor en cada zancada que daba, y su rostro se deformó en un deseo repulsivo y exacerbado. Después de contenerse por mucho tiempo, el grito desgarrador de Ana estremeció las calles adoquinadas de la ciudad. Ya sin contenerse, clamando ayuda; una que jamás llegaría porque todos estaban resguardados en sus casas. Y las calles estaban deshabitadas.

Encontrarían su cuerpo tirado o desmembrado por la mañana.

Justo cuando dobló en una esquina, repentinamente la risa del hombre retumbó en su oído: chillona e inhumana. La joven giró el rostro, pillándose cara a cara con el asesino. Sus ojos se volvieron rojos y le nacieron garras descomunales de sus dedos chuecos y quebrados, que se hundieron en la suave carne de su hombro izquierdo.

La zarandeó con fuerza, golpeando su cabeza contra el muro de piedra que estaba a su lado y tirándole el cabello. Mientras murmuraba expresiones de plena satisfacción al verla sufrir. De un placer retorcido. El líquido escarlata brotaba de su hombro, humedeciendo sus ropas y deslizándose por su brazo adormecido.

Moriría.

Y no había vivido nada para sentirse satisfecha. Ese pensamiento y la ausencia del cálido sentimiento de haber vivido felizmente caló en su ser y sus ojos se inundaron de lágrimas. No quería morir.

Quería vivir.

Pese al dolor, forcejeó para librarse, mientras el sujeto adquiría un aspecto menos humano, similar a los demonios pintados en los cuadros medievales en el infierno, devorando a seres humanos. Intentó golpearlo con una mano, que él se dedicó a coger en el acto y a estrangularla bajo su agarre. El sonido de sus huesos dislocados la hizo gritar de dolor. Los labios de Ana temblaron en amarga angustia; el temor de terminar como las otras víctimas bloqueó sus pensamientos y se entregó a la muerte al verse sin escapatoria.

Eso pensó, hasta que una daga atravesara el corazón de la criatura por detrás, partiera su asqueroso cuerpo en dos y se esfumara. Como si sólo fuese una ilusión.

La apremiante sensación de los huesos de su mano dejando de ser oprimidos le hizo sollozar al fin. En una aparente tranquilidad regalada por un desconocido. Ana cayó de rodillas en silencio, su semblante inexpresivo y la fatiga inundando el caoba intenso de su mirada. El perverso rostro fue reemplazado por unos rasgos finos, maduros y una sonrisa amable que acarició su mejilla al arrodillarse a su lado. Tomando la cara de Ana entre sus manos enguantadas.

—¿Me escuchas?

La joven no respondió.

—¿Cómo te llamas?

Le hizo más preguntas, pero no reaccionó ante ninguna. Finalmente al percibir que la paz volvía a regir a su alrededor, sus ojos se aglomeraron de lágrimas y rompió a llorar desconsoladamente, aferrándose desesperada a las ropas limpias y blancas del hombre que salvó su vida.

.

.

.


©Todos los derechos reservados.


¿Qué les ha parecido? He de confesar que no soy experta en este género, fue un impulso que tuve después de investigar, me gusta mucho la historia y Barbazul tiene un sustento histórico muy fuerte.

Si has llegado hasta aquí, muchas gracias por leer.