CAPÍTULO 10
TERCERA TARDE

Aquella silueta blanca se movía como si fuera parte del aire mismo. Una voz a lo lejos repetía constantemente una frase, la única que escuchaba Maki en aquella visión, la misma que había percibido en momentos que no podía determinar, quizá cuando su mente estaba en blanco, libre de cualquier otra idea, cuando mantenía la mirada en un punto fijo durante mucho tiempo, o tal vez cuando dormía o soñaba despierta. No recordaba cuántas veces había visto la misma forma ni cuántos movimientos distintos comenzaba a memorizar, pero la frase nunca cambiaba: "El aire envuelve todo, el aire cuida de todos".

La silueta movía los brazos y las manos constantemente: una palma mostrada al frente, la mano desplazándose frente al cuerpo de la silueta, los dedos índice y medio que trazaban caminos hacia todas partes, la trayectoria circular del brazo sobre la cabeza, la invocación de la espada y varios movimientos más que no lograba seguir por más lentos que fueran. Y en aquellas condiciones, por alguna razón, el viento tenía color: rojo, verde, azul, amarillo, gris..., pero nunca blanco, quizá porque aquella forma albina no quería que Maki perdiera de vista lo que ocurría con cada técnica mostrada en aquella visión efímera que cada vez parecía más real.

Y en todas las ocasiones, cuando estaba a punto de ver el rostro de la silueta blanca, cuando por fin se había decidido a hacer preguntas o a llamar la atención de aquella persona, despertaba de forma natural o inducida:

—¡Hola! ¿Me estás escuchando?

Un par de jalones suaves a la manga de su suéter la despertaron de su ensoñación. Asustada, dio un pequeño salto y miró al lado izquierdo, en donde notó que unos inocentes ojos azules la veían sin parpadear.

—¿Te dormiste? ¿Estás cansada?

La chica de ojos verdes negó con la cabeza.

—Estoy bien, no te preocupes.

—¡Pero te perdiste la parte más interesante de la historia!

—¿Historia? —repitió en voz baja.

—¡Sí! ¡Cuando Sachi encontró a Sachi-perro! Me lo contó ayer.

A partir de la junta urgente de los elementales, la vida de Daichi parecía haber tomado un rumbo inesperado: con más personas en el castillo, todo era más divertido. Aunque tenía menos tiempo para leer, el niño se entretenía escondiéndose de Koharu, y cuando la pelirroja se cansaba de jugar y se dormía al pie del gran árbol en el jardín, el de ojos azules iba con Nanami, quien le contaba historias sobre el mundo mágico cuando aún era un sitio altamente poblado. Luego, cuando la mujer azul tenía que ocuparse de la importante tarea de cocinar para todos, el pequeño corría hacia donde estaba Sachiko y veía cómo entrenaba a Sachi y jugaba con él. El lobo, por su parte, no tardó mucho en tomarle cariño a Daichi: dejaba que se acercara a él y que le acariciara la cabeza o el lomo para luego lamerle el rostro, como si realmente se tratara de un perro y hubiera olvidado por completo su instinto salvaje.

Aunque eran días ocupados, nunca se perdía el entrenamiento intensivo que Hana dirigía para que Maki aprendiera y mejorara sus técnicas de defensa. Le parecían extraños, por no decir cómicos, los cambios de humor de la castaña: siempre hacía todo lo posible por tratar mal a la chica de lentes a tal punto que en ocasiones parecía hacer trampa e invocaba ramas, raíces o lianas de cualquier sitio inimaginable; pero horas más tarde, cuando tomaban un descanso y él quería reclamarle por aquellos actos, lo trataba con tanta ternura que sentía que nadie podía enojarse con ella. Hana era la responsable de darle frutas comunes y exóticas, y la única que le revolvía el cabello con el cariño justo: ni muy fuerte y doloroso como Koharu, ni muy brusco con resultados estáticos como Sachiko, ni muy lento y unidireccional como Nanami.

Aún con toda la variedad de personalidades que habitaba el castillo, la chica de lentes era quien más le intrigaba: parecía el tipo de persona débil y cohibida que preferiría aislarse del mundo, una jovencita que se rendiría después de fracasar en el primer intento o luego de sentir el primer golpe del enemigo; pero cuando se acercaba a ella, en vez de que Maki mostrara su timidez y escondiera el rostro o desviara la mirada, intentaba sonreír. Y a pesar de que ella dijera que no pasaba nada, él notaba su ceño ligeramente fruncido, como si quisiera ocultar una tristeza profunda, una preocupación sin calma, pero él no sabía cómo ayudarla.

Entonces recordó cómo se levantaba el ánimo.

—Cuando estoy triste, como chocolate.

—¿Chocolate? —preguntó la niña pelirroja, quien manipulaba cinco bolas de fuego como si hiciera malabarismo luego de escuchar desde una esquina de la cocina a una Nanami preocupada por el desayuno del día siguiente.

—Sí, es algo dulce, pero no podrías comerlo.

—¿Por qué no?

—Porque si lo tocas, se derrite.

Koharu no entendía el razonamiento peculiar del niño, y eso, aunado a sus acciones, a veces la confundía: la mayor parte del tiempo corría por todas partes y exploraba hasta los rincones más empolvados del castillo, preguntaba cosas, hablaba de sus siete años de vida en su mundo, jugaba con Sachi hasta que se cansaba y se iba a dormir; pero en ciertas ocasiones, en las cuales la pelirroja nunca olvidaba llamar a cualquiera de sus mayores con excepción de Hana y Maki, Daichi parecía otro: sentado en algún rincón o al pie del gran árbol del jardín, con un libro en sus manos o sobre las piernas, leyendo en silencio. Alguna vez notaron que levantaba la mirada y la fijaba en cualquier sitio vacío, y se percataron de que su rostro no tenía expresión, como si repentinamente hubiera envejecido varios años y estuviera pensando en algo muy profundo sin explicaciones posibles.

Salvo en esas ocasiones cuando el niño parecía perderse en el espacio, ninguna sentía que debía preocuparse por su condición debido a que, después de su última crisis existencial, no había mostrado más señales de recordar alguno de sus años olvidados; aunque eso le causaba sentimientos encontrados a su amiga de la infancia, quien no sabía si alegrarse por no verlo sufrir o seguir deprimida ante su falta de memorias. Pero verlo preocupado por ella, de alguna manera, le alegraba el día.

No obstante, el día alegre se desvanecía cuando la voz amarga de Hana la llamaba a lo lejos.

—¿Cuánto tiempo más vas a descansar? ¡No hay tiempo que perder!

Y Daichi estaba por quedarse solo de nuevo.

—¿En verdad tienes que ir? ¿Por qué no te quedas?

Aquella reacción era nueva.

—No puedo —respondió ella con tristeza, pero tampoco pudo evitar una risita al ver el puchero de Daichi, ese gesto tan cómico que no había cambiado—, pero podrás hablarme de Sachi después de la cena, ¿de acuerdo?

El puchero se desvaneció tan pronto como llegó, y después de aceptar el trato con una sonrisa, la vio marcharse hacia un patio de hormigón, en donde ya la esperaba su instructora. Y él se quedó ahí, sentado en la escalera que sirvió de silla-cama temporal para la chica de lentes, para observar la sesión de magia.

El entrenamiento de la tercera tarde requería de toda la concentración posible: Maki tenía que evitar cualquier golpe de las lianas, las ramas o las bellotas que Hana invocaba para atacarla. Ciertamente, los ataques de la elemental de hierba mostraban que su magia era inútil para crear grandes técnicas de ataque; pero si la nueva guardiana del aire no podía ni siquiera detener eso, ¿qué podían esperar los demás cuando Ayame atacara?

Maki comenzaba a entender tanto la lógica de pelea de su profesora como la serie de movimientos de la silueta blanca que veía cuando tenía la mente despejada: pudo comprender que el movimiento rápido de la mano frente a su cuerpo creaba diminutos escudos invisibles repelentes de ataques directos; que el movimiento con dos dedos con la velocidad adecuada le permitía no solo controlar el viento, sino que las corrientes que invocaba también podían desviar la trayectoria de las bellotas; que el movimiento circular del brazo sobre la cabeza creaba un círculo repelente que alejaba todo golpe que provenía de cualquier dirección; y las técnicas que le había enseñado Koharu cuatro días antes eran muy útiles para romper las lianas delgadas que podía crear la domadora de plantas.

En ese momento, a la Madre Naturaleza personificada se le ocurrió una idea cruel para probarla: creó una nueva liana que crecía con dirección a la escalera, lo que obligó a Maki a girar con rapidez para seguirla con la mirada y descubrir que la punta sujetaba por un momento la muñeca de Daichi, y lo jalaba con la fuerza necesaria para levantarlo y hacerle perder el equilibrio. Asustada, la chica de lentes se apresuró para sostenerlo antes de que tocara el suelo; pero por esa razón no se dio cuenta de la serie de bellotas nuevas que había creado Hana y que dirigía irremediablemente hacia el par. Pudo evitar que su pequeño amigo se hiciera daño, pero no logró esquivar los golpes en la cabeza y en la espalda; en vez de eso, abrazó al niño para protegerlo y evitar que cualquier fruto lo tocara aunque a ella le doliera sentir el ataque, el que hubiera sido insoportable sin la intervención oportuna de un alma compasiva.

—¡Basta! —dijo una voz a lo lejos.

La lluvia de bellotas se detuvo en el aire para luego caer al suelo sin llegar a su destino, y las víctimas de aquel ataque sorpresa voltearon hacia el sitio de donde provenía la orden de la elemental de tierra.

—Esto es demasiado.

—¿Demasiado? —replicó Hana con ese tono oscuro tan temido—. Ayame haría cosas peores como matarlos con dos golpes y no dudaría en atacar por la espalda o ir directamente sobre Daichi cuando estemos descuidadas, ¿aún así crees que mis ataques son exagerados?

—Tu deber es enseñarle técnicas de defensa, no mostrarle los posibles escenarios de batalla.

—¿Y esto no es parte del proceso de enseñanza? —Comenzaba a levantar y a endurecer más la voz—. ¡Saber qué hacer en esas circunstancias es importante!

Sachiko quiso decir algo más, pero Hana no se lo permitió, así como el niño no dejaba que Maki hablara o se alejara de él al escuchar los argumentos duros de quien le parecía una persona muy amable en otro contexto.

—Eligió salvar a Daichi, está bien; pero lo hizo a costa de su integridad. La primera regla de defensa de un elemental consiste en proteger y protegerse, ella ni siquiera puede hacer eso, ¿cómo espera cuidar de él en esas condiciones? —Su voz comenzaba a temblar por el coraje, por lo que apretó los puños en un intento por seguir argumentando a su favor sin quebrarse—. Pudo aprender las técnicas de Sayaka, ella logró transmitirle su conocimiento, pero sigue siendo incapaz de atacar o de pensar con claridad en los momentos críticos, ¡no puede aprender nada si se niega a conocer su potencial y a manejarlo como se debe! ¿En qué estaba pensando Sa...?

—¡Ella no es Sayaka!

El viento meció los cabellos y las ropas de todos durante aquel silencio. Pasmada, como si le hubieran revelado un secreto muy antiguo, Hana no pudo hacer más que dejar de apretar los puños, bajar la cabeza y susurrar algo antes de perderse entre los pasillos interminables:

—Ya lo sé.

Cerca de la escalera, un poco más tranquilo, el niño soltaba el suéter del que se había aferrado con tanta insistencia minutos antes. Al sentirse liberada, Maki se separó lentamente de él para comprobar su estado: intacto, pero temeroso. Entonces decidió acariciar su cabeza para tranquilizarlo y convencerlo de que no pasaba nada, que solo había sido un malentendido. En ese momento escuchó la voz de su salvadora, quien quería hablarle sobre algo importante, por lo que se levantó tras despedirse y reiterar su promesa de escuchar la historia de Sachi después de la cena.

Mientras la veía alejarse, Daichi intentó asimilarlo todo: comparada con la caricia de Hana, aquella chica de trenzas largas había revuelto su cabello con suavidad y calidez únicas, de forma tan agradable que su miedo ante el conflicto se había desvanecido. Puso la mano izquierda sobre su cabeza en un intento por mantener esa sensación consigo, por un segundo vio a una niña corriendo hasta perderse en el horizonte, y extendió el brazo derecho en un intento por llamarla para que no se fuera o para desearle un buen viaje, pero no supo cómo hacerlo.

Fuera del castillo, en la construcción destruida por donde llegaron los visitantes de otro mundo, cierta espada clavada en el suelo resonó por un instante.

—Una perturbación mínima, ¿no es así?

Sobre la mesa, al lado de la figura seductora que mantenía la custodia de la espada, una pequeña esfera de cristal brillaba mientras transmitía el sonido de la voz de un extraño que le respondía:

—Sayaka no puede cuidar de todos por siempre.

—El muro no durará, va a desaparecer en cualquier momento. Es curioso, esperaba que se mantuviera al menos dos días más, su voluntad aún era fuerte después de irme.

—Tal vez esté gastándola en otra tarea importante.

—Aún así, es muy pronto. Debe haber algo más.

—Quizá alguien dentro del castillo está acelerando el desgaste, alguien lo suficientemente poderoso como para crear una perturbación mínima.

—Una voluntad más fuerte que la de Sayaka, ¿eh? —murmuró pensativa Ayame mientras veía fijamente la espada, en espera de la desaparición de la barrera de defensa.