Fiesta entre las estrellas. Parte I

Cuando la voz del navegador automático de mi monoplaza anunció que faltaban pocos minutos para llegar a la plataforma de aterrizaje de la estación espacial "San Ignacio", me levanté del puesto de piloto, activé el vuelo programado y quería tomarme algo para calmarme y buscar la invitación que me hicieron llegar.

No estaba de buen humor, aunque era la fiesta de cumpleaños de mi querida prima, pero se esperaba que estuviera allí, beber una que otra cerveza y conversar con algunos invitados era mejor opción que pasear por las calles de Nueva York.

En el hangar me estaban esperando ni más ni menos que mi tía, la madre de mi prima; luego de intercambiar saludos, recuerdo que me comentó esto.

—Así que, mejor te quedas, sobrino. El cuarto para huéspedes está disponible y al menos trata de cambiar esa cara tan seria, solo por el día de hoy. Además, la celebración de tu prima es doble, ya que también terminó el posgrado.

"Después de cuatro años, el nacimiento de los dos sobrinos, una breve carrera como modelo, pero ¡Ya lo terminó!" pensé, me despedí de mi tía y el ruido de música electrónica bailable me orientó hasta donde se estaba llevando a cabo la fiesta.

Era el salón de fiestas, el viejo y confiable lugar donde las celebraciones familiares, fiestas navideñas e incluso las discusiones deportivas y políticas se llevaban a cabo allí.

— ¡Que elegante primo! Pasa, pasa. No sabes lo mucho que me alegra verte ¿cómo has estado? Vamos, te voy a servir algo de whisky.

—Sabes bien prima, que no me gusta mucho el whisky.

—Vamos primo, solo uno; ven, te voy a presentar a los invitados— mi prima me llevó al centro del festejo, la enorme y sólida mes donde estaban las botellas de alcohol y la comida donde invitado que pasaba, persona con quien tenía que alzar la voz para presentarme.

—No creí que te volvería a ver—escuché a alguien decir—, me alegra haber venido, Claudia. No has cambiado mucho, Ricardo.

Allí estaba Ariel, una amiga de mi prima de sus días de bachillerato.

—A mí también me alegra verte, Ariel.—allí estaba la nacida en Neptuno, quitándome el sombrero de Fedora de la misma forma que lo hacía cuando me veía puesto algo en la cabeza—; llegué a pensar que te habías olvidado de esta estación espacial y la gente que la habita.

—No, aunque alguien tenía que ser la encargada de hacer ganar al equipo de natación de la más grande alma mater. Llegando al punto de sacarle el polvo a su viejo apodo, ese que tu prima me colocó algún tiempo.

—Sirena—agregó mi prima—, debo admitir que ese apodo me llegó en un momento inigualable.

Comenzamos a hablar, para mí y para ella, el resto de las personas estaban de sobra en aquella reunión. Hacía mucho tiempo desde la última ocasión que nos vimos.

—Mi madre y yo nos mudamos a Nueva Ámsterdam y yo estuvimos un rato, hasta que me aburrí y decidí hacer un posgrado. Para mi sorpresa, me encontré con tu querida prima ¿vas a lanzarte otro whisky?

—No, tengo ganas de beber otra, la verdad. Y mezclar alcoholes es una experiencia que no quiero repetir. De mi parte, no hay mucho que contar; estoy ayudando a un amigo con su emisora radial por satélite, encontré que el activismo político se sumó a mi agenda, mientras sigo buscando que hacer.

— ¿debo entender que algo de tu ayuda recibió Claudia en su tesis de posgrado? O ¿me quieres decir otra cosa? Siendo honesta, ya está aburrido el tema de las tesis. Así ¿Qué me dices de sacarle brillo a la pista de baile?

Me terminé de beber el refresco y allí estábamos los dos, en aquella pista de baile y sin importarnos mucho lo que sucedía alrededor. Al filo de la media noche, el resto de los invitados comenzaron a marcharse, algo le pasaba a Ariel y se notaba con evidencia; mientras revisaba nerviosamente su teléfono celular.

— ¿Tienes caramelos mentolados contigo?—me preguntó.

—No, creo que te los voy a quedar debiendo. Aunque, deberías revisar en la sala y los ya conocidos adornos de mi tía. En días pasados los llenaba de caramelos.

Mi prima se me acercó, esperó al momento en que Ariel entró a la sala. A pesar de las ojeras, que su maquillaje necesitaba un retoque o de plano, abandonar su rostro.

—Hay cosas que no cambian. Y ¡estamos en el año tres mil novecientos treinta y ocho! Llamó la madre de Ariel, como cosa rara, angustiada y preguntándome si finalmente tengo solución al problema de mis reuniones y sus extensiones en horas ¡Señora, esta zona dejó de ser peligrosa! ¡Partidaria del partido conservador tenía que ser!

Ariel regresó con su cara angustiada, quería escuchar algo que sirviera para aliviar sus preocupaciones.

—Hay dos opciones, Ariel. Te puedes quedar e irte cuando salga el sol o gastarte ochenta créditos del servicio del taxi tal como en días pasados. No importa cuántos estudios tengas, tu señora madre seguirá siendo un dilema.

—Vas a necesitar algo de ayuda con esto de limpiar el desastre que te dejaron. Así que me quedo, al menos con esto se va a calmar un rato de aquí a que salga el sol.

—Y yo que preparaba mi monoplaza para llevarte, aunque con esto dicho ¡Buenas noches!

Después de esa reunión, Ariel volvió a ser una invitada recurrente en las celebraciones y reuniones de mi querida prima, así como en mi agenda, concretamente los viernes en la tarde.

El día veintidós de noviembre estaba en una cafetería de la estación espacial "San Ignacio", deseando no ser encontrado por mi tía o por mi prima, pero allí estaba ella; entrando, con su bolso azul el cual usaba para sus lecciones de natación.

—Por tu cara, te hicieron llegar una noticia ¿Qué pasó? Vamos, sabes que puedes comentarme eso lo que te pesa. A riesgo de equivocarme, es un tema serio.

—No sabes cuánto, Ricardo. Hoy me llamó Abraham— aquel nombre conjuntamente con su rostro que trataba de no romperse en llanto, volvía a aparecer—, la tensión por allá sigue en aumento y es posible que esos revoltosos de negro quieran entrar a mi ciudad…tengo mucho miedo.

La Federación Terrestre tenía para aquel entonces una marcada política de no intervenir nuevamente en los conflictos armados, yo era uno de los tantos que apoyaba dicha idea, aún lo hago. Pero el asunto de aquel momento estaba afectando a muchas personas y en especial, la persona que tenía justo al frente de mí.

Y ¿Quién era ese tal Abraham? Era una figura que ni mi prima conocía, la hermana mayor de Claudia alegaba que era el hermanastro y que lo había visto dos veces; Claudia como tal argumentaba que era un primo suyo y el único nexo con las raíces que tenía en aquel planeta.

Pero yo tenía una teoría muy diferente, Abraham era una suerte de interés romántico de Ariel, una relación que se negaba a morir.

—Vamos, cálmate Ariel. Aquí tienes mi pañuelo, entonces ¿Qué tienes en mente?

— ¡No lo sé! No puedo regresar, eso es seguro. Aunque no sabes cuánto me gustaría; mientras allá tienen angustia por saber si en la noche les puede caer una bomba en su casa o en su lugar de trabajo, mientras que aquí, tu prima quiere regresar al mundo de las pasarelas.

—En esta parte de la periferia hay sus problemas, aunque no lo creas. Cada día que pasa, las dos cámaras del senado se debaten a golpes si es necesario intervenir militarmente, si el sistema de pensiones y el médico van a estar a la altura o si los empresarios quieren unos bocados del dinero público cuando sus ventas están bajando. Las políticas locales de racionamiento son cada vez más reales, así como las familias saliendo de un distrito a otro para comer.

—Dicen que en el sudeste del planeta Venus todo sigue igual, las playas azules y arena cristalina ¿Qué me dices de irnos tú y yo para allá?

—No sabes cuánto me gustaría. Irme bien lejos, pero tengo un deber que cumplir. Y no me refiero precisamente a mi activismo en la política o la carrera que saqué en la universidad.

Ariel le dio un sorbo al café que estaba tomando, quería ocultar algo; algo que le dolía mucho. Era huérfana de guerra, su padre murió en el gran conflicto, justo cuando ella y su madre estaban ya con raíces muy profundas en su nueva vida que tenían.

— ¿Quieres hacer algo después de salir de la cafetería? Me dijeron que ya están colocando la decoración navideña en la tienda "Mary", así aprovecho en ver las ofertas.

—No me parece mala idea, aunque me gustaría sugerir algo, ya que esa era una actividad que hacíamos cuando más jóvenes ¿recuerdas? Así que ¿estás de humor para ir al cine hoy? Y sin los comentarios de mi prima sobre el cuero de las butacas y similares.

—Ando un poco corta del presupuesto hoy, aunque ¿puedes mantener la oferta hasta la semana próxima? Digamos que quiero estar temprano hoy en casa, aunque esa cara tuya me dice que no tienes muchas ganas de ir a ver esas famosas decoraciones navideñas.

—Me parece bien y mantengo la oferta, aunque estamos hablando de solo ir a ver ¿cierto? Ya que yo sé cómo son tú y mi querida prima con este asunto de ir a ver tiendas por departamentos. Y después terminan usando la tarjeta de crédito en comprar cosas que solo usaran contadas ocasiones.

—Tienes mi palabra que solo iremos a ver. Tampoco es que tenga muchas ganas de entrar a la tienda, quizás en otro momento.

Quería creer que estábamos retomando lo que quedó interrumpido tiempo atrás, a pesar que aún estaba la figura de Abraham, me lo decía sus constantes sonrisas, cuando apoyaba su cabeza en mis hombros durante los viajes en metro e incluso cuando arrugaba el rostro cuando se aparecía el nombre de Claudia en la pantalla de su teléfono celular.

Pero me faltaba hacer una pregunta, una que me daba mucho que pensar y a la que le estaba dando muchas largas.

Aquella actividad duró poco, pronto me quedé en el centro de la ciudad de Nueva York, caminando hasta mi hogar, sin mucho apuro a pesar del clima.

—Mira lo que ha traído el gato, uno de los contados "no más intervenciones" que me cae bien.

Reconocía aquella voz de inmediato, Karen Oropeza, integrante del ala autoproclamada "acción rápida" y quien contaba con un discurso que llamaba a intervenir militarmente si las tensiones subían nuevamente.

— ¿Qué te trae por estos rumbos?

—Vivo en las cercanías y pasar por este parque es parte de mi ruta ¿vas a abrirme una investigación?

—Me caes muy bien como para hacerte eso. Además que se nota por tu cara que necesitas hablar con alguien y no precisamente del acontecer nacional, algo que ya sabemos; aunque eso que te dije primero, dependerá de ti. Como dicen en tu ala, si surge de forma voluntariamente. Así que, creo que te sale hablar.

Le hice un resumen de lo que había pasado en las últimas semanas, de esos sucesos con Ariel y los nudos que tenía en la cabeza; un tema que me estaba dejando mucho que pensar, llegando al punto que me despertaba en la madrugada pensando en ella. Llegando al punto que, en ocasiones, la primera palabra del día era su nombre.

—Eres un cursi, mi abuelo solía decirle ese tipo de cosas a mi abuela y generalmente cuando quería dejar que dejara de pelear. Aunque es bueno que seas así y más con ella.

—Por cómo está tu cara, me atrevo a decir que tienes un pero entre manos y no te esperas en soltarlo. Así que, déjame prepararme para ese argumento intervencionista bélico que siempre traes.

—Si te propuso algo serie como ir juntos a algún lado, deberías considerarlo, más ahora que propuestas así, rara vez caen. Simple y sencillo, ya que quiero hablar de otras cosas hoy.

— ¿En serio no quieres convencerme de la necesidad de una intervención militar en caso que sea necesaria una? Ese otro tema del que quieres hablar debe ser muy interesante o debe ser algo que pasó por debajo de la mesa.

— ¿Quieres unas galletas? Yo misma las hice. Pues el aviador civil José Frontera completó una travesía considerada casi imposible. Ir y regresar de Xanadú; algo que no todos los pilotos pueden hacer.

—Gracias por las galletas. En relación con la noticia, pues leí un poco al respecto. Aunque ¿lo conoces? Por cierto, deberías dedicarte a comercializar tus galletas, así comprenderías mejor al libre mercado y sabrías de donde sale el dinero de tus honorarios como representante.

—Si lo conozco, es el primo de un votante que vive cerca de mi casa y estuvo un buen tiempo en mi estado, fumigando los campos. Muy agradable el sujeto. Y yo que tú, dejaría un poco los normales ataques y más considerando que te ayudé con el enredo que tenías en la cabeza, al menos por hoy. Por cierto, creo que no hay nada como ver el atardecer mientras caen las últimas hojas de los árboles.

—A ella, ya sabes quién me refiero, también le gusta este panorama. Con todo lo que hemos hablado, se me olvidó preguntarte ¿Qué estás haciendo en la gran ciudad?

Oropeza me respondió que estaba en una pequeña gira y que estaba de paso, aprovechando la ocasión para visitar la sección regional de su partido, considerando que en la gran manzana estaban muchos amigos suyos y en especial los dirigentes de las juventudes del mismo.


Nota del Autor: Este es un replanteamiento de un viejo relato que hice llamado La Amiga de mi prima, pero después de rehacer el relato de José Frontera (próxima obra a publicar) y quise hacer que esta obra expandiera ese universo.