—Mmmhmhmhm hmh mhhhhmhmhhhm mhhm hm —Lilith ni siquiera estaba segura de qué canción estaba atascada en su mente, pero sabía perfectamente la razón.

"Mhhhhmmmhhm mhmh hmh hhhm" la voz de un chico le hacía coro. No diría que la voz fuera de un chico, era más bien la voz de el chico. Así es, el típico chico de cabello negro y ojos color ámbar profundo, siendo ella la rubia de cabello rizado con ojos color negro brillante.

La historia es muy sencilla en realidad. Hace ya un tiempo, una vida incluso, ella lo había visto paseando tranquilamente en una bella tarde cuando él la atrapó observándolo; ambos se rieron y se acercaron al otro como si de un imán invisible se tratara. El resto de la historia de seguro ya la saben, se enamoraron y hubieran vivido felices para siempre, de no ser por...

Ella estaba convencida de que él alguna vez la había amado, pero a su vez, sabía que ya no era así, o al menos a eso se aferraban sus pensamientos. Todo hubiera salido bien, ella lo sabe, pero las cosas se arruinaron cuando él... cuando ella, mejor dicho, le dejó ver su alma. Resulta que ella era una hija de la luna, una de aquellas hechiceras que solo le pertenecen a la noche y a la lluvia, encarnación del mestizaje de los vampiros con la diosa Hécate. Él por otro lado, era la encarnación humana de un fénix, hijo divino creado por las cenizas del sol cuya alma será por siempre de la parte más profunda de la préhia, "la fuerza del bien" como adoran llamarle los hijos del sol.

Hacía mucho que Lilith no pensaba en... él. Había intentado mantener sus pensamientos centrados en cosas positivas, como la lluvia que la empapaba por las noches para sanar las heridas y quemaduras que el sol le había provocado durante el día por falta de un techo sobre su cabeza; también le gustaba pensar en los calcetines azules que traía puestos, le recordaban a su hermano menor; la brisa fresca y juguetona también era algo positivo, siempre y cuando no cargara con ella el hedor a sufrimiento que emanaba del oeste, lugar en el que se situaba el edificio que utilizaban los hijos del sol para aprisionar a los hijos de la luna; su cabello seguía teniendo ocasionales destellos azules cuando la luz lo reflejaba correctamente, algo que siempre le gustó a la chica de sobremanera. Pensar en cosas positivas no era tan difícil, pero esa canción rebotaba en su mente sin remedio alguno.

En ese momento, cuando la canción había aumentado de volumen a tal nivel que Lilith juró volverse loca, ella no fue capaz de contenerse por un segundo más. Usó su magia para romper las cadenas que la ataban al piso y requirió de todo el odio que le era posible sentir para liberarse. A ella nunca le gustó usar su lado negativo en sus hechizos, eso del friyáh nunca fue lo suyo sin importar quiénes fueran sus ancestros. Empezó a correr por el bosque, aún con la voz de su amado en la mente. Si tan solo... si tan solo él... No, tiene que dejarlo ir... es solo que... él, después de amarla... los hijos del sol son los más crueles y desalmados de la existencia, esa fue la conclusión. Solo ellos pudieran... solo ellos quisieran cortarle la cara a la persona que aman y dejarle cicatrices a lo largo de los brazos para marcar que son el enemigo; solo ellos quisieran torturar a un niño de 11 años con tal de fracturar psicológicamente a su hermana, a la persona que les entregó cuanto tenían, solo porque "los hijos de la luna son el enemigo"; solo ellos quisieran encadenar al amor de su vida con la peor clase de friyáh que el odio es capaz de crear para disfrutar de su sufrimiento mientras la ven pudrirse.

Claro, para el mundo, el día trae luz y vida mientras la noche es malvada y significa muerte. Claramente se les ha olvidado que, mientras la luna serena la vida, el sol puede encargarse de hacerla arder.