Assignment 6: propuesta de matrimonio fallida. Nuevamente la ubico en los tiempos de la independencia de Colombia.


Por lo menos setenta veces imaginé ese momento y aún así no atiné a predecir su desgraciada conclusión.

Raquel, oh, Raquel, si no quería usted casarse conmigo, ¿por qué dejarme tomar su blanca mano y bailar conmigo en las fiestas en las que nos encontramos? ¿por qué permitirme seguir visitándola en su residencia, ilusionándome no solamente a mí, sino además a su padre que ya me consideraba un futuro yerno? Carajo, si también su padre es culpable, pues un hombre con pantalones no permite a su hija rechazar a un pretendiente tan bien plantado como yo. Un verdadero pater familias le ordena a su progenie con quién casarse y todos le obedecen sin rechistar, pues entienden que el criterio del padre es sagrado. Pero usted, Raquel, premiada y castigada por Dios con un progenitor alcahueta, tuvo la libertad de ilusionarme, de sonreirme, de mostrarme el espejismo de lo que podía ser el resto de mi vida, solo para después rechazar mis propuesta de hacerlo realidad.

Le perdonaría el rechazo pero no la humillación; le perdonaría el "no" si no hubiera sido precedido por un "tal vez". Porque una cosa es amar sin ser correspondido y otra muy diferente es que sus ojos tiernos de pestañas largas me prometan el amor y su boquita dulce de dientes chiquitos me sonría con complicidad mientras yo tomo sus manos a escondidas de sus padres, para que después esos mismos ojos se vuelvan fríos y esa misma boquita me diga "lo siento mucho, señor Giraldo, pero no puedo aceptar su propuesta". Y cuando la escuché, lo primero que llegó fue confusión, Raquel, pues mi mente se negaba a entender lo que estaba pasando: tan convencido estaba yo de sus sentimientos por mí que le había pedido a mi madre el anillo que heredó de mi abuela. Y luego vino el dolor, cuando sentí que se rompía en mil pedazos esa porcelana fina que mi corazón había esculpido desde ese abril lluvioso en el que nos presentaron.

¿O acaso la culpa es mía? ¿Entendí mal las señales del amor? ¿Debí escuchar a Camilo cuando me dijo que no me fijara en la hija menor de los Orozco pero se negó a explicarme por qué? Con la sabiduría de la retrospectiva intento analizar todos nuestros encuentros para descubrir qué fue lo que ignoré. Rememoro las fiestas, quiénes bailaban con usted, a quiénes trataba como me trataba a mí, y ahora tengo la impresión de que usted repartía sonrisas de dientes chiquitos y miradas de pestañas largas a todos los hombres, como se dice que hacía su madre, de quien todo el mundo sabe que tiene un pasado menos que respetable.

Sí, eso es, carajo, usted a todos los hombres se repartía, pero yo era el único imbécil que no se daba cuenta y pensaba que sus palabras lisonjeras eran declaraciones de jovencita enamorada y no artimañas de mujer de mala vida. Entonces la culpa sí fue mía, pero no por malinterpretar sus gestos sino por prendarme de una fulana sin principios y dejarme convencer de un amorío pasajero del que no gané nada y sí me convirtió en el hazmerreir del pueblo que, como siempre, se enteró de todo.

En el último barco que llegó de Europa venía un champán fino que había encargado para que brindáramos por nuestro compromiso; aunque pensé romper la botella y regar el líquido en la tierra, ninguna pena justifica malgastar una bebida tan encantadora. Así que la abrí y me serví una copa para escribirle esta misiva, copa que ahora levanto y digo "¡salud!". Brindo por usted, Raquel, por su cara de inocente, por las manos blancas que me concedió para bailar pero no para amar y por todos los corazones que tiene que robarse una mujer que nació sin corazón.