Siempre se acordaba de su hermana al llegar el verano. El resto del año era fácil olvidarla, pero en verano su recuerdo nunca la abandonaba. Su recuerdo la esperaba en la casa a la que sus padres se empeñaban en volver año tras año. Estaba en la habitación que habían compartido y en la que seguía durmiendo ella. Estaba en la playa rocosa y gris donde tantas veces habían jugado de niñas y donde cada noche les gustaba escabullirse mientras sus padres dormían para tomar un último baño a la luz de la luna. Allí era donde el recuerdo de su hermana adquiría más fuerza, en el mar donde una de esas noches se había ido para siempre, donde ella había decidido ahogarla.

En verano su recuerdo estaba por todas partes. Sobre todo estaba en esa sombra que a veces veía por las noches, en el sonido goteante que la acompañaba, como si acabara de salir del agua. Estaba en el olor a salitre que impregnaba la habitación cuando desaparecía y en el charco de agua de mar que dejaba tras de sí. Sobre todo estaba en la certeza de que algún verano, cuando la sombra desapareciera, ella también desaparecería dejando tras de sí un charco de agua salada.