Él le dijo que sus ojos eran como el mar. Sus ojos eran marrones, pero no le importaba. Él se ahogaría en ellos de todas formas siempre que su sonrisa estuviera ahí para hacerle de salvavidas. Ella se echó a reír y él le susurró al oído que su risa era como las olas, pero que él, marinero experto, se dejaría arrastrar por esa corriente. Ella lo envolvió en su abrazo de espuma y compartieron un beso que les supo a sal, pero hay un problema con los marineros: que ven el mar en los ojos de todas las mujeres.