Ella nunca había sido buena con las palabras hasta que descubrió la poesía. Entonces se dio cuenta de que podía vaciar su corazón sobre el papel como nunca se atrevería a hacerlo delante de otra persona.

Aquella mañana en clase debían escribir un texto sobre el amor. Ella escribió un poema y, cuando la profesora pidió voluntarios, se armó de valor y salió a leerlo. Al sonar el timbre un chico se le acercó:

–Ha sido precioso. Ojalá alguien me escribiera un día un poema tan bonito.

Y ella sonrió por no llorar mientras lo veía marcharse de la mano de su novia sin saber que, en efecto, ese poema tan bonito lo había escrito pensando en él.