La casa está igual que él la dejó cuando se marchó. Sus libros siguen en la estantería, su abrigo en el perchero, sus cuadros en las paredes. Solo faltan las cosas de ella.

Camina por las distintas habitaciones. Abre las ventanas para que entre la luz mientras anota mentalmente todo lo que tiene que limpiar y las cosas que tiene que cambiar. Se siente bien, mejor de lo que se ha sentido en todos estos años que ha estado lejos de su hogar.

Nadie ha entrado en la casa desde que él la dejó. Solo su suegra, para llevarse las cosas de Camila.

En otras circunstancias le habría molestado la intromisión. Nunca le gustó que nadie revolviera entre sus cosas, pero ahora agradece que no quede nada de su esposa allí. Así la casa es más suya y no está el recuerdo de ella para perturbar su paz. Ahora mismo paz es todo lo que él quiere.

Es tarde para ponerse con la limpieza, así que se limita a cambiar las sábanas de la cama. Compró sábanas y algunas otras cosas antes de volver a la casa. Siempre ha sido una persona precavida. Esa noche duerme como hacía tiempo que no dormía. Al despertar se siente bien, contento, lleno de energía.

Sale a comprar. Hay un supermercado cerca, el supermercado de siempre, el de su infancia. Al entrar todas las cabezas se vuelven hacia él. No ha pasado tanto tiempo fuera como para que la gente lo haya olvidado. Desde luego nadie allí parece haberse olvidado de él.

Nadie se acerca a él. Se limitan a mirarlo. Algunos lo observan sorprendidos, otros parecen enfadados, unos pocos lo miran con miedo. No le importa. Nunca le ha importado lo que piensen de él.

La tendera pertenece al grupo de los sorprendidos. Le dice que pensaba que no iba a volver. Él le responde que ese siempre ha sido su barrio, que no quiere vivir en ningún otro sitio. Ella no dice nada. Es curioso porque él la recuerda como una mujer habladora, pero parece que no tiene ganas de hablar con él.

Al entrar de nuevo en su casa, cargado con las bolsas de la compra, lo primero que nota es el olor. Huele a perfume, a una fragancia sutil con toques florales. Es el perfume de Camila. Nunca podría olvidar ese perfume. El olor dura en el aire apenas un segundo. Piensa que quizá lo ha imaginado, que simplemente se trata de un recuerdo olfativo, una asociación de ideas o algo así. Al fin y al cabo antes la casa siempre olía a su perfume.

No le da más importancia. Comienza a limpiar. Por la tarde decide que se merece un descanso y sale a dar una vuelta.

No va muy lejos, solo quiere andar un poco por aquel barrio que lo vio crecer antes de seguir con la tarea de adecentar su casa. El día ha sido perfectamente normal. Ha estado centrado en la limpieza y el incidente del perfume ha pasado a segundo plano en su memoria. No obstante, al volver a entrar se pregunta si lo olerá de nuevo. No lo hace. Se ríe de sí mismo y se olvida del tema otra vez.

Esa noche sueña con Camila. Es un sueño agradable, de los buenos tiempos de su relación, antes de que todo se torciera. No lo recuerda muy bien, pero supone que quizá estaban bailando porque en sus oídos aún resuena la música que escuchaban, esa canción que a Camila le gustaba tanto.

Tarda un poco en comprender que la música no está sonando solo en sus oídos. Se levanta de la cama y baja al salón. La radio está encendida y en ella suena la voz de aquella cantante italiana que tanto fascinaba a su mujer y que a él nunca le ha terminado de gustar.

Apaga la radio, molesto. Ese viejo trasto debe estar funcionando mal. Nunca ha oído de radios que se enciendan solas, más bien lo contrario, cuando empiezan a romperse tardan en encenderse o no se encienden en absoluto, pero le da igual. Esa noche no está para buscar más explicaciones.

Después de eso le cuesta volverse a dormir. A la mañana siguiente se levanta cansado, ojeroso y de mal humor. Vuelve a comprar en el supermercado. Esta vez la gente ya no se le queda mirando, aunque sí se miran entre ellos y algunos susurran cuando pasa por su lado. El día anterior no le había dado importancia, pero la maldita radio lo ha puesto de mal humor y siente ganas de gritarles a todos esos que susurran a sus espaldas que se metan en sus asuntos, pero al final piensa que es una pérdida de tiempo y se limita a dedicarles algunas miradas que los hacen callar.

Está de mejor humor cuando vuelve a casa, tanto que decide poner la radio.

Selecciona un CD y le da al botón para sacar el que lo despertó la noche anterior. No obstante, el CD no está por ningún lado. Se dice a sí mismo que quizá lo quitó anoche para que no lo volviera a despertar, que es posible que no se acuerde porque en ese momento estaba medio dormido. Sin embargo, la explicación no termina de convencerle. No cuando no es capaz de encontrarlo por ninguna parte.

Al final desiste de buscarlo. Tiene muchas cosas que hacer. Ya no le apetece poner la radio. Por la tarde vuelve a salir. Siempre ha sido un hombre de rutinas. Sigue dándole vueltas a lo que ha pasado con el CD, pero no llega a ninguna conclusión lógica. Seguramente Mateo ya estaría comiéndole la cabeza con historias de fantasmas si se enterara, pero él no es Mateo y se niega a creer que el fantasma de su esposa esté viviendo en su casa y se dedique a poner música.

Se dice a sí mismo que no tiene miedo, que lo que ha ocurrido es algo perfectamente normal aunque él no sepa cómo ha sucedido. No obstante, tiene que hacer acopio de todo su valor para no echar a correr cuando vuelve a su casa.

Esta vez el perfume es demasiado intenso y permanece en el aire demasiado tiempo como para que pueda creer que es producto de su imaginación, mientras la voz de la cantante italiana inunda de nuevo la casa. Entra con cautela. Piensa que quizá se trate de ocupas, ha visto casos de esos en las noticias. Prefiere que sea eso a la otra opción. Con los ocupas puede lidiar, con los fantasmas, no.

Apaga la radio de un manotazo. Luego se queda unos segundos parado ante ella. Sabe que debería encenderla y comprobar si el CD sigue ahí, pero le da miedo que no esté porque entonces sí que va a ser incapaz de encontrar una explicación, al menos una que le satisfaga.

Para su gran alivio, el CD está donde debería. Lo saca y lo tira a la basura. No quiere saber nada más de él.

No termina de estar convencido de lo que ha pasado, pero lo deja correr. Se permite incluso un poco de sarcasmo y dice en voz alta a su mujer que ya tuvo que soportar su horrible gusto musical cuando estaba viva y que no lo va a soportar ahora que está muerta, que él no era el otro, el que según ella tanto la comprendía. Añade que a lo mejor a ese otro no le importaría que su fantasma se dedicase a ponerle música, que a lo mejor eso lo comprendería también. Nadie contesta, pero su pequeño discurso tampoco lo hace sentirse mejor. Se siente un poco estúpido por estar hablando solo y un poco patético porque aún le duele que Camila pensara irse con otro.

Esa noche vuelve a dormir mal. Esta vez no hay música, pero no puede dejar de pensar en Camila y en todo lo que salió mal. Pensaba que ahora podría relajarse, volver a su vida normal y sentirse libre de nuevo, pero paz es lo que menos está teniendo con las cosas extrañas que están pasando a su alrededor y el recuerdo de su mujer siempre presente. Intenta consolarse a sí mismo diciéndose que ahora que ha tirado el CD todo será diferente, que lo que fuera que estuviera pasando, aún no tiene claro lo que era, pero prefiere no darle más vueltas, dejará de pasar, que podrá vivir su vida en paz.

Él siempre ha deseado una vida en paz y durante un tiempo la tuvo, hasta que Camila decidió ponerle fin a eso. Desde la noche en que ella anunció que lo dejaría empezaron los problemas para él. Desde entonces las cosas no han hecho más que empeorar, pero ahora todo debe mejorar. Se dice eso y justo antes de lograr dormirse por fin se lo cree.

Pero las cosas no mejoran. No vuelve a aparecer el CD, pero sí otras cosas: un pañuelo rosa claro que Camila solía ponerse en el pelo en la cómoda del dormitorio, su lápiz de ojos negro en el lavabo, los pendientes que siempre llevaba en la mesa del salón.

Aparecen y desaparecen . Cambian de lugar. Primero son objetos pequeños en sitios escondidos, cosas que la madre de Camila pudo dejarse allí sin querer, luego cada vez son cosas más grandes que aparecen en sitios que nadie podría pasar por alto, en sitios en los que no estaban cuando él salió a comprar o a dar su paseo.

Llega un momento en que se encuentra a sí mismo preguntándose al salir de casa qué se encontrará al entrar. Intenta adivinarlo, como si se tratara de un juego. Intenta fingir que no le perturba lo que está pasando, lo que sea que esté pasando, pero no lo consigue. Los susurros a sus espaldas comienzan a tratar sobre el mal aspecto que tiene. Algunos se ríen y dicen que se lo merece. Algunos se preguntan si serán los remordimientos. Él no tiene remordimientos, pero no se lo va a decir. ¿Qué les va a decir? ¿Que las cosas de su mujer aparecen y desaparecen? Ya ha pasado unos años en la cárcel, no quiere pasar también una temporada en un manicomio.

Ha pensado en irse de allí, en buscar otro sitio lejos de todo eso, pero la idea de que lo que quiera que sea lo que está ocurriendo lo haga marcharse de su barrio y abandonar la vida que siempre ha deseado lo enfurece. Él se va a quedar allí, con los susurros de la gente y las cosas que aparecen y desaparecen. Él tendrá su vida en paz, aunque de esa paz ya no quede nada.

Sale a comprar al supermercado, como cada mañana. Al salir ve un paraguas que no es el suyo en el paragüero. El paraguas de ella, cómo no. Cierra los ojos con cansancio. Está harto de esa situación, de no poder entrar en su casa sin encontrarse algo que no es suyo, de mirar a todos lados buscando qué será lo que ha aparecido esta vez. Finalmente sale dejando el paraguas ahí, mover las cosas de sitio o tirarlas a la basura nunca sirve de nada. Nada de lo que haga parece servir.

En una casa cercana, Elena abre un armario. Es el armario en que guarda las cosas de su hija, los objetos de una vida que ya no podrá vivir por culpa de un hombre. Mira las prendas de ropa, las joyas, los libros de poesía y los cuadernos llenos de dibujos. Todo el mundo le ha recomendado que se deshaga de esas cosas, que las deje ir para dejar ir a su hija, para dejar ir el dolor.

Elena duda que algún día se vaya el dolor, o que su hija se pueda ir, que ella la pueda olvidar o que siquiera quiera hacerlo. Abre el último cuaderno, el que aún tiene el último dibujo de su hija a medio acabar. Es un autorretrato. Se queda mirándolo unos segundos, pero finalmente lo vuelve a dejar en su sitio y coge un libro. Prefiere quedarse los dibujos para sí. No quiere que el hombre que acabó con su hija tenga en su poder aquello que Camila tanto amaba.

Camina mirando el reloj, el tiempo es importante. Su antiguo yerno siempre fue un hombre de costumbres fijas. Entra en la casa vacía con las llaves de su hija. Nadie se acordó nunca de pedirle que las devolviera. El paraguas está aún en el paragüero. Decide dejarlo allí.

Recorre la casa en silencio. Al principio solo dejaba una cosa en cada visita, pero ahora trae un objeto para cada habitación. Algunos los esconde, otros los deja a la vista. Por último deja el libro en el dormitorio, en el que sabe que era su lado de la cama.

Después se marcha.

Esa tarde se lo encuentra en la calle. Él ha salido a pasear y ella viene de casa de una amiga. Esa tarde no le ha dejado nada. Al fin y al cabo por la mañana ha colocado bastantes cosas. Él no la saluda y desde luego ella tampoco lo saluda a él, pero sí que lo observa. Parece cada vez más viejo, cada vez más cansado.

Apenas se relaciona con la gente del barrio. Todo el mundo lo rehuye por lo que pasó. Tan solo sale para comprar y para pasear y solo habla con la dueña del supermercado o los de las otras tiendas. Sin embargo, la gente sí que habla de él. Le dicen a Elena que lo ven nervioso, irritable, que no parece feliz. Algunos dicen que es porque se arrepiente por lo que ha hecho, pero Elena sabe que no es así. Ese hombre es incapaz de arrepentirse de nada.

Seguramente en esos años que pasó cumpliendo condena, una condena demasiado corta y que ni siquiera tuvo que cumplir entera, no dedicó a su hija ni un solo pensamiento. De no haber sido por ella ese hombre que destruyó la vida de su hija habría seguido con la suya como si nunca hubiera cometido un crimen, como si no fuera un asesino, como si unos años en la cárcel hubieran borrado lo que hizo. Como si quitarle unos pocos años de libertad pudiera compensar todos los años de vida que le quitó a su hija.

Le hierve la sangre cada vez que lo piensa. Al menos la gente del barrio está con ella. Ellos no han olvidado lo que él es y mientras ella viva, él tampoco podrá olvidarlo.