Se cuela saltando la reja del cementerio. Es Halloween y podría estar haciendo cosas mejores, pero su madre le encargó que llevara un ramo de flores a la tumba de su abuela y lo había olvidado completamente, así que no le queda otra que hacerlo antes de que al día siguiente, en la visita anual de la familia al cementerio, descubra que la ha desobedecido.

El lugar está completamente en silencio y tiene que sacar la linterna del móvil para orientarse porque no hay ni una sola luz. Los que viven allí no la necesitan, claro. Suelta una risita nerviosa ante ese pensamiento. No es una persona asustadiza ni supersticiosa, pero hay algo en la atmósfera del cementerio esa noche que le pone los pelos de punta.

De repente no está segura de por dónde se va al patio en el que está enterrada su pariente. Dobla una esquina y se da cuenta de que definitivamente se ha perdido. Está en la zona antigua, donde están los panteones.

Es entonces que los ve. Un grupo de personas se dirige al lugar desde otro corredor. Se sorprende de encontrar gente allí a esas horas, pero en un principio se siente aliviada. Quizá ellos puedan ayudarla a orientarse.

Entra en el patio de los panteones y se da cuenta de que hay más personas allí y de que más gente aún va llegando por el resto de los pasillos, incluso por donde ella venía, a pesar de que no encontró a nadie en su camino.

Los observa desconcertada reunirse en corrillos. No suena ninguna música, pero toda esa gente comienza a bailar. Se cogen de la mano en pequeños grupos y saltan y giran al compás de notas inaudibles para ella. Un grupo de mujeres se acerca a ella y la rodea. Dan vueltas a su alrededor y le tienden las manos. No sabe por qué, pero siente el impulso de extender los brazos y coger las manos que le ofrecen.

En un segundo se encuentra a sí misma girando con las demás. Vuelve la cabeza para preguntar qué está pasando a la mujer que tiene al lado, pero no es capaz de abrir la boca. Su tía abuela le sonríe mientras ejecuta otro giro. Sin darse cuenta se han ido moviendo y el corrillo está saliendo del patio, como todos los demás.

–¿Qué estamos haciendo? –pregunta.

–Salimos a recorrer la ciudad. Es noche de difuntos. Las calles son de las ánimas.

–Pero yo no soy una de vosotras. Yo no estoy muerta.

–¿Estás segura?

Su tía abuela señala un bulto en el suelo del patio, a los pies de un panteón. Es su cuerpo.

Quiere correr, huir de esa pesadilla, pero los espíritus le cogen las manos y la obligan a permanecer allí, bailando esa música que ahora se da cuenta de que comienza a oír.