Siempre se ha considerado un ave nocturna. De noche piensa mejor. Es por eso que le encanta que la biblioteca de su facultad abra las 24 horas. Le gusta ir allí a estudiar por las noches. Le encanta el silencio y la paz que reina en el lugar, que a esas horas está casi vacío. Podría estudiar en su piso, pero no es lo mismo, no se concentra igual. Además, le sienta bien volver a casa dando un paseo después de estudiar. Le ayuda a que se asienten las ideas.

Nunca le ha dado miedo caminar solo de madrugada, pero esa noche no es como las demás. Tiene una sensación extraña, como si alguien lo estuviera mirando fijamente. No puede quitarse de la cabeza la idea de que lo están siguiendo, aunque no hay nadie a su alrededor.

Aprieta el paso y se dice a sí mismo que es una tontería, que es una ilusión producto del cansancio, pero la sensación no desaparece hasta que no llega a su piso.

El día siguiente es como los demás: se levanta tarde, como siempre que va a la biblioteca por la noche. Lee y ve la televisión, calienta unos macarrones en el microondas y va a clase por la tarde. Después de cenar vuelve a la biblioteca.

Está a punto de llamar a un taxi, pero finalmente decide que no va a dejarse vencer por un terror imaginario y vuelve caminando como siempre. De nuevo vuelve a tener esa sensación. Vuelve a casa casi corriendo. De vez en cuando mira hacia atrás para comprobar que nadie lo sigue, pero esta vez nota que alguien lo está siguiendo de verdad.

Se trata de un hombre. No puede verlo bien porque está muy oscuro, pero a simple vista no parece ser demasiado alto ni demasiado fuerte. No entiende por qué le inspira tanto terror el solo mirarlo, pero lo cierto es que lo hace y su terror aumenta cada vez que vuelve la cabeza y lo encuentra detrás de él. No es solo el miedo de sentirse perseguido, es algo más, como si el terror emanara del propio hombre. Nunca había sentido nada así.

Al llegar a su edificio se deja caer en el portal. Está agotado, física y mentalmente. Esa noche tarda mucho en dormirse. No hace más que mirar por la ventana de su dormitorio por si viera al hombre, pero él no aparece. Piensa que tal vez se lo ha imaginado, pero no consigue convencerse a sí mismo.

A la noche siguiente todos sus sentidos le indican que debe pedir un taxi, pero nuevamente no lo hace. Una parte de él sigue sin creer que algo malo pueda estar pasándole de verdad. Se convence de que simplemente había un hombre que iba al mismo sitio que él y logra creérselo porque esa noche no ocurre nada raro.

Hasta que lo vuelve a ver. Está parado unos metros por delante de él. Está apoyado en una farola mirando en su dirección, como si estuviera esperando a que apareciera. La luz de la farola hace que pueda verle la cara. Es un rostro de lo más normal, pelo negro, gafas y barbita puntiaguda. No hay nada estraño o escalofriante en ese rostro, pero al mirarlo siente cómo le recorre de arriba a abajo un escalofrío de terror.

Echa a correr. Esta vez el hombre no lo sigue, pero le da igual. Tiene la sensación de que podría aparecerse delante de él en cualquier momento. A la noche siguiente decide, esta vez sí, coger un taxi. No ir a la biblioteca ni se le pasa por la cabeza.

Casi espera encontrarse con el hombre nada más salir, pero lo único que hay en la puerta es el taxi que ha pedido. Se sube en él con infinito alivio. Entonces el conductor se gira y no puede contener un grito de terror: es el hombre, con su pelo negro, sus gafas y su barbita puntiaguda, y una sonrisa llena de dientes afilados entre los que destacan un par de colmillos.